Domingo 3° Ciclo A El camino de los discípulos de Emaús

TIEMPO PASCUAL

Ambientación

Entramos en la 3ª semana de Pascua y seguimos celebrando «el Día que hizo el Señor», el día de la Resurrección, el Domingo. El Evangelio de este tercer domingo de Pascua nos invita a entrar, por la experiencia de Emaús, en el encuentro con Jesús vivo, en la instrucción que Él da como Maestro a sus discípulos y en la misión que les encomienda de darlo a conocer hasta los confines de la tierra.

Continúa la Pascua. Sigue el Cirio encendido y las flores y los cantos y los aleluyas. Y, sobre todo, el pueblo cristiano se siente «renovado y rejuvenecido en el espíritu«, con la «alegría de haber recobrado la adopción filial» (oración colecta), «renovado con estos sacramentos de vida eterna» (Oración después de la comunión), «exultante de gozo porque en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo para tanta alegría» (oración sobre las ofrendas).

  1. PREPARACIÓN: Invocación al ESPÍRITU SANTO

Ven, Espíritu Santo,

a disponer nuestra mente y nuestro corazón para que nos acerquemos a la Palabra, dispuestos a descubrir en ella

la presencia del Señor Jesús,

que nos va a explicar las Escrituras y a partir el Pan.

Ábrenos los ojos para reconocerlo y el corazón para aceptarlo

y luego llevar su testimonio a nuestros hermanos.

Amén.

  1. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto?

 

Hch. 2, 14. 22-33: «No era posible que la muerte lo retuviera bajo su dominio»

No hay duda que algunos cristianos de hoy padecen un cierto «complejo de inferioridad» respecto a otros grupos o ideologías que parecen más eficaces y llamativas. Al Apóstol Pedro, como a los demás, le sucedió igual. Vivió el miedo de ser reconocido como cristiano. Pero cuando conoció la resurrección de Jesús y recibió la fuerza del Espíritu, sintió la alegría de haber sido llamado por Jesús y experimentó la fuerza de ser testigo del Señor y proclamar la Buena Nueva recibida de Jesús resucitado.

El desánimo y la desorientación ante la muerte de Jesús, se convierten en valentía y exaltación con la venida del Espíritu Santo, hasta el punto de denunciar la participación del Pueblo en la muerte del Señor. Pero la misión de los Apóstoles no es de mera denuncia. Por eso, proclaman con entereza que Jesús ha resucitado y en él se dan cumplimiento las Escrituras porque Jesús es el Mesías anunciado.

La muerte de Jesús no ha cerrado su presencia en el mundo. La resurrección y la acción del Espíritu Santo hacen presente el mensaje de salvación proclamado por Jesús y al cual es necesario convertirse.

Sal. 16(15): «No dejarás a tu fiel conocer a corrupción»

El salmo 16(15) es uno de los más bellos del Salterio. Y podríamos definirlo así:

«Historia de un hombre contento y feliz con su Dios». El salmista se ha mantenido al margen de toda idolatría y canta la dicha que supone el permanecer siempre fiel al Señor. Este salmo ha sido escogido por la cita que de él hace Pedro en su discurso de Pentecostés para aplicar sus afirmaciones a la Resurrección de Jesús: «se me alegra el corazón, se gozan mis entrañas y mi carne descansa segura… porque no me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción» (vv. 9-10).

El salmista nos hace esta bella profesión de fe: yo sólo me he refugiado en Dios. No me he refugiado ni en las instituciones, ni en los amigos. Sólo en Dios. ¡Y me ha ido muy bien!…

1Pe. 1, 17-21: «Los rescataron a precio de la sangre de Cristo, el Cordero sin defecto»

San Pedro nos hace una lectura del Antiguo Testamento al estilo de Cristo en el camino de Emaús. Lo acontecido obedece a un plan de Dios ya conocido en el texto antiguo (Salmo 16) que san Pedro lee legítimamente, no como concerniente al autor del salmo, que para él es el rey David, quien murió y permanece muerto según lo confirma su sepulcro, sino como referido ya desde antiguo a Jesucristo. Sin saberlo, el autor del salmo, sea David o quien sea, estaba hablando no de sí mismo y su esperanza, sino del misterio de la Pascua de Jesús. Más allá de la caducidad y fragilidad del hombre está la permanente fidelidad de Dios. Mil años separan a David de Cristo y esa palabra adquiere plena y total vigencia siglos después en el Cristo que vive resucitado.

Evangelio de Lucas

Lc. 24, 13-35: «Lo reconocieron al partir el pan»

13 Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que dista sesenta estadios de Jerusalén, 14 y conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado.

15 Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado; 16 pero sus ojos estaban como incapacitados para reconocerle.  17 Él les dijo:

«¿De qué discuten por el camino?» Ellos se pararon con aire entristecido. 18 Uno de

ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único residente en Jerusalén que no sabe las cosas que han pasado allí estos días?» 19 Él les dijo: «¿Qué cosas?» Ellos le dijeron: «Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo; 20 cómo nuestros sumos sacerdotes y magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron.

21 Nosotros esperábamos que sería él el que iba a librar a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó. 22 El caso es que algunas mujeres de las nuestras nos han sobresaltado, porque fueron de madrugada al sepulcro 23 y, al no hallar su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles que decían que él vivía. 24 Fueron también algunos de los nuestros al sepulcro y lo hallaron tal como las mujeres habían dicho, pero a él no le vieron». 25 Él les dijo: «¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! 26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria?»

27 Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras.

28 Al acercarse al pueblo a donde iban, él hizo ademán de seguir adelante. 29 Pero ellos le rogaron insistentemente: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado.» Entró, pues, y se quedó con ellos.

30 Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. 31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su vista. 32 Se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»

33 Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, 34 que decían: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» 35 Ellos, por su parte, contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido al partir el pan.

Palabra del Señor

R/. Gloria a Ti, Señor Jesús.

 Releamos el texto para interiorizarlo 

  1. Contexto: Lc. 24, 1-53: Resurrección y manifestaciones

El presente pasaje ocupa un lugar central en los relatos lucanos de Resurrección. Todo comienza con el relato del sepulcro vacío y el anuncio de los ángeles a las mujeres (24,1-

11) y la visita de Pedro al sepulcro (24,12), que dan pie al pasaje de Emaús: 24, 13-35:

«Aquel día»: v. 13).

Después de nuestro relato, el evangelio cuenta la manifestación de Jesús al grupo de discípulos (24,36-43) y las últimas instrucciones de Jesús y su ascensión al cielo (24,44-53). Así llega el final del tercer evangelio.

b) Texto

 Después de la resurrección de Cristo la Iglesia primera debió enfrentarse a una situación nueva. Su dependencia del Señor era fundamental. ¿Pero cómo hacerlo ahora cuando el Maestro ya no caminaba y compartía con sus discípulos como antes de su muerte?

El bellísimo relato de los peregrinos de Emaús nos da una respuesta. La primera etapa es la de la incertidumbre, el desconcierto, la frustración. Tantas esperanzas fallidas. Una voz dice, sin embargo: ¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? (Lucas 24, 6). Una luz de esperanza alumbra esa oscuridad.

Del material propio de Lucas podemos destacar el evangelio de la infancia (1-2), la autopresentacion en la sinagoga de Nazaret (4,16-22), la parábola del hijo prodigo (15,11- 32), y este relato del camino de Emaús (24, 13-35).

Descubrimos en él un esquema de protoliturgia (como la de Moisés y Jetro en Ex 18,6- 12), compuesta de palabra y banquete. También se ha señalado la semejanza estructural de este relato con el del eunuco (Hch. 8,26-40): en el camino, lectura y explicación de la Escritura (Hch. 8, 30-35 = cfr. Lc. 24, 25-27); y, al llegar, sacramento del Bautismo (Hch. 8, 36-39a = cfr. Lc. 24, 30-31).

El texto está muy bien construido en dos grandes partes Y sucedió que»: vv. 15 y 30), precedidas ambas por sendas introducciones.

  • 13-27: La primera sección comienza con una pequeña introducción narrativa (vv. 13-14)) que da paso a la acción que transcurre por el camino, y que consiste en la conversación de Jesús con los dos discípulos (vv. 15-27).

Esta primera parte, en camino, es una lección de exegesis pascual, o sea, explicación de la Escritura (AT) a la luz de la Resurrección, hecha por Jesús en persona. Los versículos finales de esta parte suponen un auténtico clímax de esta sección: una afirmación admirada (v. 25), una pregunta con gran fuerza retórica (v. 26) y la acción de respuesta de Jesús, interpretando para los discípulos las Escrituras (v. 27).

  • 28-35: Parecería que llegamos al final del relato. Pero, de inmediato sigue otra introducción (vv. 28-29) que conduce a la segunda sección, la estancia en la posada, donde se produce la fracción del pan, y la vuelta de los dos discípulos a Jerusalén (vv. 30-35).

Esta segunda parte, llegada, es el descubrimiento y comprensión del misterio al compartir de manos de Jesús su Pan de Vida. La liturgia los convierte a esos dos discípulos en mensajeros.

El gran tema es el paso de no reconocer a Jesús a reconocerlo. Y los instrumentos para ello: las Escrituras y la Fracción del pan. De fondo, la cuestión central de la fe en la resurrección. Los discípulos no habían creído a las mujeres (cf. 24,11) ni a los profetas (cf. 24,25) pero, gracias a la Palabra explicativa de Jesús y al acontecimiento eucarístico, llegan a la fe.

Luego el relato pone en escena esa situación. Este maravilloso relato de los discípulos de Emaús, es una pedagogía de la fe en Cristo resucitado.

c)  Comentario:

Comparar con Hch. 8, 26–40: las dudas e indecisiones iniciales quedan resueltas por la instrucción. Los dos relatos concluyen con una acción sacramental.

vv. 13-14:

Dos discípulos se alejan de la ciudad. Equivale a alejarse de la comunidad, de los hermanos. Es romper con la esperanza, hundirse en la oscuridad cuando está apuntando el día de la victoria de Dios. «Sesenta estadios» equivalen a poco más de once kilómetros. El estadio equivale a 185 m.

Dos discípulos desconocidos, abrumados por los hechos ocurridos en Jerusalén, se sienten fracasados, sin esperanza, con miedo y en angustia: tal vez, como nos sentimos nosotros, en este momento, sin saber qué hacer, con miedo y con angustia por la pandemia del coronavirus y, sobre todo, por las secuelas que ha de dejar, en todos los niveles… Esos discípulos, en su desesperanza, que han perdido la fe en Jesús y están desconcertados por el hecho de su muerte en la cruz.

Salir de Jerusalén, en la mente del evangelista, parece significar una huida: los discípulos huyen de lo sucedido ahí; huyen de una fe que no comprendían.

vv. 15-24:

En este pasaje, Lucas quiere presentar una catequesis sobre el encuentro de Jesús con los discípulos. Es Jesús quien toma la iniciativa y va al encuentro de ellos, tal como Dios salió al encuentro de Abraham, Moisés y los Profetas.

Un personaje se une a ellos, los escucha y entra en sus vidas y en sus inquietudes. La falta de fe es la razón de la desesperanza de Cleofás y del otro discípulo que leen los acontecimientos pasados en clave de fracaso, con un «realismo» escéptico. Reconocen a Jesús solo como profeta, aunque poderoso. Están decepcionados («esperábamos… pero…»: vv. 21-24).

La fe no cambia la realidad de lo que ocurre, pero «obliga» a leer esa realidad con otras claves. ¿Cómo es tu lectura de la realidad? ¿Demasiado «realista»? ¿Qué papel juega tu fe a la hora de analizar y valorar las cosas que ocurren, como esta pandemia del coronavirus y sus consecuencias?

vv. 25-27:

Primero oye, luego con profundidad y calor muestra tener una lectura nueva del plan salvador de Dios. Recorre la Palabra de Dios, la interpreta desde un punto luminoso, el de la verdadera misión del Mesías y comunica con ardor su lectura. Jesús les explica las Escrituras.

Este texto nos revela igualmente un lenguaje alternativo de la resurrección. En 24, 6. 23 nos dice simplemente que Jesús «ha resucitado», que «Él vive». En 24, 26 leemos:

«¿No era que el Mesías padeciera esto para entrar en la gloria?» Superada la muerte, se abre el espacio de la vida en Dios que la Biblia llama la «gloria». En 24, 6 encontramos el término propio del lenguaje empleado para hablar de la resurrección: ἠγέρθη (eguerte = del verbo ἐγείρω (egueiro) = «Despertar-levantarse»). Es dejar el estado de muerte para asumir el compromiso de la vida.

vv. 28-29:

Al fin de la jornada finge seguir su caminar de peregrino, pero se ha hecho necesario en el corazón de sus compañeros. No se ha dado a conocer con un nombre que sea familiar, pero es al mismo tiempo un interrogante. Los dos viajeros apremian a Jesús a que se quede con ellos en la posada. Y Jesús se queda con ellos. Jesús es el «Emmanuel», el Dios-con-nosotros (Mt. 1,23), el Dios que cumple su promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt. 28,20). Los discípulos sienten un gran deseo de estar con Jesús: ¿Sientes tú esa misma necesidad de estar con Él? ¿En qué se concreta? Piensa en tus espacios, tiempos y modos de oración.

vv. 30-32:

Viene el compartir de la mesa. Y es allí donde empieza a hacerse la plena luz. Identifican sus palabras, sus rasgos inconfundibles, al partir el pan. La expresión «fracción del pan», v. 30; 22, 19, que Lc. emplea también en Hch 2, 42; 4, 6; 20, 7; 24, 35, se refiere, sin duda, a la Eucaristía. El sustantivo κλάσις = clasis, es la «acción de partir» (del verbo κλάw, que significa «partir»), y en el Nuevo Testamento se usa solamente para significar la

«fracción del pan».

Los discípulos lo reconocen presente y resucitado cuando hace el gesto de la última cena: la fracción del pan. La Palabra, incluso la Palabra de Dios, es insuficiente sin el sacramento, sin el acontecimiento, sin la praxis. ¿Cómo vives el momento de la Eucaristía? ¿Es ella el principal alimento de tu vida creyente?

Este signo, con el que identifican a Jesús, no podía ser más sencillo. No había casa en todo Israel en que no se hiciera algo parecido, pero es en algo tan ordinario que lo reconocen: al ponerse a la mesa con ellos, tomar el pan, bendecirlo, partirlo y darlo. Tuvo que haber algo más en ese signo que provocó en ellos que «se les abrieran los ojos», tal como lo dice el v. 31. Signo que les refrescaba la memoria de lo que había dicho y hecho Jesús, y por lo que había entregado su vida, para sentarse como hermanos, compartir, superar barreras que les ayudara a comprender su vida comunitaria presente.

Los discípulos sienten que arde su corazón mientras lo escuchan, cuando les explica las Escrituras (cfr. v. 32). ¿Lees a menudo la Biblia, en especial los Evangelios? ¿Oras con ellos? ¿Has experimentado alguna vez que la Palabra de Dios te ha infundido una fuerza y esperanza que no tenías?

Esa experiencia produjo en los discípulos la superación del escándalo de la cruz gracias a las Escrituras, es decir, a la comprensión de la Ley de la salvación por la prueba, por el sufrimiento. En esa experiencia de los discípulos de Emaús aprenden todos los miembros de la Iglesia que en todos los tiempos pueden encontrar a su Maestro Resucitado, en su Palabra y en la Fracción del Pan.

Jesús desaparece, pero se ha quedado en su casa, en su corazón, en la plenitud de sus vidas.

vv. 33-35:

Los dos discípulos, que habían huido de Jerusalén, después de reconocer al Señor, regresan a Jerusalén, seguramente porque obtuvieron un entendimiento nuevo de la fe en el Crucificado: su Muerte en la Cruz va unida a su Resurrección.

Jesús murió como muchos otros, pero no por la misma razón: Él entregó su vida para indicar el camino indispensable hacia la verdadera gloria, y, de esta manera, dio un significado a la muerte y el estilo de vida de aquel que quiera seguirlo

Los discípulos viven, en el proceso del relato, una gran transformación: antes abatidos y desalentados: al final, «levantándose» (v. 33: ἀναστάντες = del verbo ἀνίστημι, que significa «levantarse, ponerse en pie», pero también significa «resucitar»), ellos entran en un camino nuevo, realmente «resucitan», porque dejan atrás un mundo de tristeza, angustia y desesperación y entran en un «mundo nuevo» de una experiencia gozosa que debe ser compartida.

Todo esto significa que el proceso del encuentro con la Palabra (vv. 25-27) y con la Eucaristía (vv. 30-32) transforma, levanta, alienta, moviliza sus pasos, hace sentir la necesidad de contar a Jesús, anunciar lo que han visto y oído (cfr. v. 35): esto es «evangelizar». ¿Te sucede a ti lo mismo cada vez que participas en el encuentro orante de la Palabra o en la Eucaristía?

En cuanto a «los Once», reunidos en Jerusalén (v. 34), Lucas los reconoce como testigos de un suceso propio y diferente a la manifestación que refieren los recién llegados de Emaús. «¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!» (v. 34), es la confesión de su fe y la confianza de que eso es verdad.

Esta jornada intensa de experiencia de Dios y de su Hijo Jesús termina donde debía acabar. Regresan a la ciudad, a buscar la Comunidad de hermanos que en ningún momento hubieran debido abandonar. Al final, los discípulos vuelven (regresan de Emaús

= eso es «conversión») al lugar donde estaba la Comunidad reunida.

La Palabra y la Eucaristía crean comunión y comunidad.

 

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE el texto?

 Nueva forma de presencia

Es una noche luminosa. Toda la comunidad ha hecho un descubrimiento en el camino de la fe para los discípulos de todos los tiempos.

¿Cuál es ese descubrimiento? Ante todo, que Jesús de Nazaret no es un difunto más de la historia sino una persona que vive hoy como ayer y por siempre (Hbr. 13, 8). Su manera nueva de estar hoy presente y actuante en su Iglesia, y en cada discípulo, es a través de su Palabra. Leída desde la fe, con corazón ardiente, con un punto central que es Jesucristo. Saberlo descubrir en cada tema, en los personajes de la historia de la salvación, en los acontecimientos salvadores anteriores a él. Su presencia palpita en cada página de la Biblia.

Está presente a través de los Sacramentos. Ellos son acciones suyas, experimentadas hoy en nosotros, a través de signos y por el ejercicio de sus ministros. Pero «es Cristo el que bautiza cuando alguien bautiza» (San Agustín). En particular la Eucaristía, momento diario y culminante de su presencia. Estamos invitados como los peregrinos de Emaús a reconocerlo en la Fracción del pan. Reconocer es volver a conocer, pero de forma nueva.

Finalmente se hace presente en la Comunidad-Iglesia. Donde está ella reunida, él está en medio de los suyos (Mt. 18, 20). Ella es su cuerpo vivo, uno y múltiple, activo y operante en el mundo. En estos signos de su presencia debemos escucharlo, acogerlo, compartir con él misteriosamente la vida. No lo busquemos en vías extraordinarias o espectaculares. Busquémoslo y encontrémoslo en estos signos de su presencia que él mismo nos ha dejado y nos ha dado a conocer.

Aún más: el confinamiento a que nos ha sometido la pandemia del Covid19, que no nos permite (hasta nueva orden) reunirnos en el templo para la celebración del culto, nos urge a saber descubrir la presencia de Dios de otra manera, en otras partes, en la familia, en lo cotidiano, en el hermano enfermo, en quien sufre, es decir, en el prójimo, que, ahora más que nunca, se convierte en sacramento de Dios para los demás.

Somos peregrinos de Emaús

La Iglesia, nosotros que la constituimos, vivimos en permanente camino como los discípulos de Emaús. Nos interrogamos como ellos sobre el sentido de la venida de Dios al mundo en la persona de Jesús de Nazaret. Quisiéramos escuchar esa Palabra que les hacía arder el corazón mientras les hablaba por el camino y le explicaba las Escrituras. Como ellos le decimos a diario «quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída». Sin Él la vida no tiene su pleno sentido. Pero como ellos debemos hacer la experiencia de encontrarlo en todos aquellos lenguajes que nos hablan de él, y a través de los cuales él mismo nos habla. Ciertamente su Palabra, pero también la voz angustiada de los que sufren pobreza, abandono, falta de posibilidades para una vida digna y libre.

Es la situación del mundo en que vivimos marcado por la pobreza, la violencia, la falta de una esperanza firme y positiva, y, en este tiempo de pandemia, incertidumbre, angustia, miedo… Los acontecimientos de la historia, el mundo de la posmodernidad que quiere acallar su voz y olvidar su paso por nuestra tierra nos reclaman su presencia,

«presencia de Dios en rostro de hombre».

Emaús en la cuarentena

¿Será posible que, como les sucedió a los dos discípulos de Emaús, no nos percatemos de su presencia junto a nosotros durante todo el camino en esta cuarentena del confinamiento producido por la pandemia del coronavirus? Durante todo este tiempo, por muchos medios y de muchas maneras (aunque, por la emergencia sanitaria, no podamos celebrar públicamente la Eucaristía), el Señor Jesús se acerca y se mete en nuestro camino, hace suyo nuestro problema, nos da la oportunidad de desahogarnos cuando nos pregunta qué nos pasa, y también «nos explica las escrituras» y «parte para nosotros el Pan» ¡en Casa!

Pero, caminamos tan embotados de la mente que no nos damos cuenta de su rostro y sus manos al hablarnos. Es tan extraño a nuestros ojos que no vemos su mirada, ni escuchamos su voz. Sólo han retumbado en nuestras mentes sus palabras. ¿Cuántas veces nos habrá mirado, quizá con asombro, y nosotros ni nos percatamos de ello?

Mientras mirábamos el suelo, el horizonte y el cielo, Él nos miraba a nosotros. Mientras buscábamos por todos lados las causas del coronavirus, mirando siempre hacia atrás para buscar culpables y «lavarnos las manos», Él está siempre de nuestro lado y a nuestro lado para tocar nuestra puerta (la de cada uno, la de todos) para que nos dignemos invitarlo a que se quede con nosotros, porque Él, aunque es el Señor, es muy educado, respeta nuestra libertad y nunca entra sin tocar.

 

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

Jesús, Señor resucitado,

tú saliste al paso a los discípulos que caminaban ciegos

y faltos de toda esperanza:

háblanos como a ellos en el caminar de nuestra vida, ábrenos los ojos y el corazón

para reconocerte en tu Palabra y en las Escrituras,

llénanos de asombro y gozo

cada vez que nos permites reconocerte junto a nosotros,

cuando nos reunimos

para celebrar tu memoria en la Eucaristía.

Quédate con nosotros, Señor, porque atardece; que el camino es arduo, y fuerte el cansancio.

Quédate para decirnos tus palabras vivas que serenan la mente y remueven el alma.

Aviva el rescoldo de nuestro pobre corazón, disipa las dudas y quita el miedo.

Quédate y purifica rostro y entrañas; abrasa nuestra tristeza;

sana a nuestros enfermos,

danos esperanza a todos en el mundo.

Pártenos el pan de tu compañía; ábrenos los ojos de la fe adormecida.

Quédate y renueva valores y sueños; danos otra vez tu paz.

Condúcenos siempre por el mundo, en la vida, para ver tu rostro

en las personas enfermas, en los servidores de la salud,

en los voluntarios de todo servicio civil

Quédate con nosotros, Señor, que el día ya decae, que el camino es arduo, y fuerte el cansancio.

Amén.

  1. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE la PALABRA?

La experiencia de los discípulos de Emaús seguramente la ha vivido una infinidad de discípulos a lo largo de los siglos, quizás tú, incluso yo mismo. Y es la experiencia de una esperanza fallida: «Nosotros esperábamos» (v. 21), nosotros creímos. Estas palabras están llenas de todo el peso de la vida cotidiana, llenas de esperanza y de experiencias humanas. Así como esos dos discípulos tenían planes (la liberación de Israel), así nosotros hacemos planes todos los días. Y así como ellos ven clavada en la cruz su esperanza y se vuelven a casa, así nosotros sufrimos la desesperanza, cuando nuestros proyectos parroquiales no funcionan como quisiéramos, o cuando encontramos muchos obstáculos y resistencias para entregarnos plenamente a Jesús y a su obra redentora; cuando un hijo nos da la espalda, o el cónyuge no nos escucha, ni nos comprende, o simplemente cuando, con la aparición del coronavirus, nuestros planes personales se ven frustrados y miramos al cielo y preguntamos, ¿por qué?

Los dos discípulos conocían bien a Jesús, porque habían hablado y comido con él y resumen perfectamente su vida (hay que ver los términos en los que resumen la vida del Maestro que son muy parecidas a los discursos de Pedro en los Hechos de los Apóstoles (compárese Lc. 24,19 con Hch. 2, 22; 3, 22; 10, 38 y Lc. 24, 20 con Hch. 3, 13-14; 4, 10; 5, 30)… De la misma manera, nosotros, muchas veces, pensamos que «sabemos» mucho de Él.

Y así como los dos discípulos no lo reconocen, pues su conocimiento de Jesús es, sobre todo, intelectual, del mismo modo, nosotros no lo vemos ni encontramos porque tenemos un conocimiento demasiado racional que no basta para encontrarlo. Cualquier manera de comprender a Jesucristo a nuestro antojo impide un auténtico encuentro con Él. Precisamente para el encuentro con Jesucristo no sea incompleto, el texto que meditamos nos ofrece cuatro lugares donde podemos descubrirlo:

En el camino de nuestra vida, sobre todo en los momentos de dudas, incertidumbres, desesperanzas y desánimos; en la Escritura, en la que redescubrimos permanentemente a Jesucristo e iluminamos nuestro caminar; en la hospitalidad y acogida que le demos al hermano; en la Eucaristía, lugar privilegiado del encuentro con Jesús, donde rememoramos los motivos y las razones por las que entregó su vida.

Los dos discípulos tenían sus planes, pero eran los suyos, los que ellos se habían hecho y que los bloqueaban, cegándolos e impidiéndoles reconocerlo; estos planes se habían cumplido, aunque de manera diferente a como ellos se lo imaginaban, en este «extranjero» que en ese momento caminaba con ellos. Hablaban a Jesús, pero tal y como ellos se lo imaginaban, y por ello no lo reconocen.

Pidamos a Dios que nunca olvidemos las causas por las que entregó su vida. Pidamos perdón a Jesús por hacer de su resurrección un evento a nuestra conveniencia sin comprometernos con lo que Él dijo e hizo. Por ello, preguntémonos:

Algunas preguntas para meditar durante la semana:

  1. ¿Qué causas impiden que tengamos un encuentro vivo de Jesús resucitado?
  2. ¿Qué obstáculos encontramos para responden como discípulos al llamado del Señor?
  3. ¿En qué nos anima y a qué nos compromete que el Señor vaya a nuestro lado siempre, especialmente en los que tenemos más desalientos y confusiones, desesperanzas y desesperaciones?
  4. ¿Nuestro proyecto personal y comunitario coincide con el proyecto del Reino de Jesucristo y su mandato misionero?
  5. ¿Te sientes integrado y unido a la Iglesia diocesana, a tu comunidad parroquial?
  6. ¿Has regresado de tu Emaús personal a la Jerusalén comunitaria?

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