DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Ambientación: 

De ordinario miramos a Dios desde nuestra condición humana. Esta fiesta en honor de la Santísima Trinidad nos invita a entrar humildemente en su realidad divina. Imposible conocerla desde nuestra limitada capacidad. Pero Dios, por su divina condescendencia, ha querido descorrer el velo de su misterio y dejarnos entrever su ser infinito.

La Palabra de Dios, que encontramos en la Biblia, nos dice que, en su unidad esencial, Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo. Y precisamente porque Dios es comunidad de personas puede comunicarse hacia fuera de su misterio, como comparte su unidad esencial en la intimidad de su ser.

  1. PREPARACIÓN: Oración inicial     

Ven Espíritu Santo, que procedes del Padre y del Hijo,

y ayúdanos a leer la Palabra en el mismo modo con el cual Jesús la ha leído a los discípulos

en el camino de Emaús.

Con la luz de la Palabra, escrita en la Biblia,

Él les ayudó a descubrir la presencia de Dios

en los acontecimientos dolorosos de su condena y muerte. Así, la cruz, que parecía ser el final de toda esperanza, apareció para ellos como fuente de vida y resurrección.

Crea en nosotros el silencio para escuchar la voz del Padre en la Creación y en la Escritura,

en los acontecimientos y en las personas, sobre todo en los pobres y en los que sufren.

Haz que la Palabra nos oriente a fin de que también nosotros, como los discípulos de Emaús,

podamos experimentar la fuerza de la Resurrección del Señor Jesús y testimoniar a los otros

que El está vivo en medio de nosotros

como fuente de fraternidad, de justicia y de paz, para gloria del Padre

Amén.

  1. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto?    

 Ex. 34, 4b-6.8-9: «Que mi Señor vaya con nosotros»

La primera lectura nos comunicó la gran experiencia de Moisés en su encuentro con Dios, a través de signos, en el monte Sinaí. Este pasaje del Éxodo nos presenta a un Dios personal, cálido, cercano y salvador. Un Dios que se define no a partir de ideas o teorías, sino de acontecimientos y de actuaciones salvadoras. Un Dios que sale al encuentro de Moisés y de su pueblo. Un Dios que se presenta a sí mismo como «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad». Por eso Moisés, estremecido, rostro en tierra, le pide confiadamente «Si he obtenido tu favor que mi Señor vaya con nosotrosperdona nuestras culpastómanos como heredad tuya».

Está en la peregrinación del éxodo, a través del desierto, en busca de la Tierra de la libertad. Y Dios se hace habitante de su Pueblo en su marcha fatigosa. Después del pecado del Pueblo, que se había construido un becerro de oro y lo adoraba, Dios, llevado de ese amor y esa capacidad de perdón y clemencia, renueva con él la Alianza. Aquí y en otros muchos pasajes se puede ver cómo Dios ya en el AT es un Dios cercano, lleno de amor a su Pueblo. Dios, no sólo está dispuesto a perdonarlo, sino que se compromete a hacer de él un gran Pueblo; de este modo demostrará que su perdón y su elección son firmes

Tiene realidad plena este misterio de la habitación de Dios con el hombre en la Encarnación. La misión de Jesús incluye dar realidad al proyecto divino: hacer que el hombre, hecho para conocer y amar a Dios, pueda realizar plenamente su anhelo siguiendo a Jesucristo, íntimamente unido a su persona. Él rompe el obstáculo del pecado y la barrera de la muerte y le abre la posibilidad de ingresar en el misterio de Dios para siempre. Él se ha constituido en Luz, Pan de vida, Pastor y Puerta, Camino y Verdad, Resurrección y Vida para el hombre.

Sal. Dn. 3, 52-56: «A Tí gloria y alabanza por los siglos»

El salmo, tomado de la oración del libro de Daniel, nos hace entonar con alegría una alabanza cósmica y de historia de salvación: «a ti gloria y alabanza por los siglos», porque es el Creador, y a la vez se ha acercado a nuestra historia: es el «Dios de nuestros padres».

Esta estupenda plegaria en forma de letanía corresponde muy bien al dies Domini, al «Día del Señor», el Domingo, que en Cristo resucitado nos hace contemplar el culmen del designio de Dios sobre el cosmos y sobre la historia. En efecto, en él, Alfa y Omega, principio y fin de la historia (cf. Ap. 22, 13), encuentra su pleno sentido la creación misma, puesto que, como recuerda san Juan en el prólogo de su evangelio, «todo fue hecho por Él» (Jn 1, 3).

En la resurrección de Cristo culmina la historia de la salvación: abrió las vicisitudes humanas al don del Espíritu y de la adopción filial, en espera de la vuelta del Esposo divino, que entregará el mundo a Dios Padre (cf. 1Co. 15, 24).

2Co. 13, 11-13: «La gracia de Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo»

La segunda lectura nos ofrece el final de la segunda carta a los Corintios, con la despedida afectuosa de San Pablo.

San Pablo desea para la Comunidad de Corinto que mantengan la paz, ya que aquella Comunidad estaba casi siempre tentada por la división partidista. No duda que «la gracia» de nuestro Señor Jesucristo, «el amor» de Dios Padre, y «la comunión» del Espíritu Santo harán que la Comunidad de Corinto mantengan un mismo sentir y reine en ella la paz.

La cercanía de Dios se hace más palpable en el NT, cuando Dios aparece como el «Padre de nuestro Señor Jesús». En este texto de la segunda Carta a los Corintios la Trinidad es directamente aludida por San Pablo, como testigo de la fe de la Iglesia. Es mencionada como fuente de gracia, amor y comunión. Así el Nuevo Testamento confirma lo que acabamos de leer en el libro del Éxodo: Dios es un Dios de amor. Es muy cercano a nosotros.

Pablo lo llama «el Dios del amor y de la paz», y el evangelio, en el diálogo con Nicodemo, contiene la gran afirmación: «tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él». La iniciativa es de él.

San Pablo anda siempre preocupado porque reine la paz y la unidad entre los cristianos, esta vez de Corinto. En la consigna que les da al final de su carta, entra de lleno una visión «trinitaria» de la vida cristiana. La fórmula trinitaria final es única dentro de las cartas de San Pablo y constituye una espléndida confesión del Dios uno y trino del Nuevo Testamento: «La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con ustedes». Esta conclusión de la carta de San Pablo es el saludo litúrgico con el que comenzamos casi todas nuestras reuniones eucarísticas. Es la confesión en la Trinidad Santa que hoy celebramos.

A cada Persona le atribuye una cualidad: a Cristo Jesús, la «gracia»; al Padre, «el amor»; al Espíritu, la «comunión». Dios es Padre, Hermano, Espíritu que anima y llena de vida. Esta referencia al Dios Trino debe unir a los cristianos: «tengan un mismo sentir y vivan en paz: y el Dios del amor y de la paz estará con ustedes».

Jn. 3, 16-18: «Tanto amó Dios al mundo» 

EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN

 R/. Gloria a Ti, Señor.

 16 Porque       tanto      amó     Dios     al     mundo      que     dio     a    su    Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. 17 Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

 18 El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.

Palabra del Señor

 R/. Gloria a Ti, Señor.

 Re-leamos el texto para interiorizarlo

 Atendamos todos los detalles posibles. Fijémonos en las expresiones del texto:

«tanto amó Dios», «tener vida eterna», «ser salvado». También en las peticiones del verbo «creer». ¿Para qué se nos ha dado al Hijo?

a)Contexto: Jn. 3, 1-21: Diálogo de Jesús con Nicodemo

Jn. 3, 1-15. [16-18] .19-21.

Estos pocos versículos forman parte del encuentro de Jesús con Nicodemo (Jn 3,1-21). Este fariseo queda extrañado de la invitación de Jesús a «nacer de nuevo» y le pregunta cómo puede ser eso (vv. 1-9). Entonces Jesús le responde con un pequeño discurso (vv. 10-21) para explicar que ese «nuevo nacimiento» consiste en acoger («creer») la novedad que Jesús había traído, su propia persona de Hijo unigénito de Dios y su misión de ser mediador de la salvación de Dios, de la vida eterna.

Después de este pasaje evangélico, Jesús marchará con sus discípulos de Jerusalén a Judea y asistiremos al último testimonio de Juan Bautista sobre Jesús (Jn. 3,22- 36).

b)  El texto:

Aunque el evangelio no forma por sí mismo una perícopa propia, podemos presentar una estructura, que se abre y se cierra con la mención del «Hijo

unigénito de Dios» (vv. 16a y 18b), presentada de forma quiástica (notemos: al comienzo: «Dios-Hijo-unigénito»; al final: Hijo-unigénito-Dios) y «el que cree en él» (vv. 16b y 18a).

v. 16a: «Dios… Hijo unigénito»

v. 16b: «el que crea en Él no perezca…»

c: v. 17: no a juzgar al mundo sino a salvar al mundo

 v. 18a: «el que creen el Él no es juzgado»

v. 18b: «Hijo unigénito de Dios»

De esta manera, queda claro que el amor de Dios se manifiesta en el don del Hijo unigénito para conseguirnos la vida eterna (v. 16); Dios quiere salvar al mundo por medio de su Hijo (v. 17): y la respuesta humana es creer en este plan de Dios.

En este breve pasaje aparecen términos muy propios de Juan: creer, vida, salvación, juicio, amor. Sobre todo, se formula la razón de ser de todo: «tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo para que no perezca ninguno de los que creen en Él».

c)  Comentario:

 16-17: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.»:

Lo que caracteriza a Dios en relación con el mundo es el amor que conduce a la vida eterna. Dios nos ofrece una experiencia profunda de relación y encuentro, una experiencia que se vive al interior del propio misterio de Dios. Una cadena que se propaga: «Como el Padre me amó, yo también los he amado» (15,9) y «Ámense los unos a los otros como Yo los he amado» (Jn. 15,12). Experimentar a Dios es entrar en una dinámica de amor. ¿Cómo vivimos esta realidad? ¿En qué se manifiesta? Recordemos las palabras de 1Jn 2,6: «Por esto hemos conocido el amor: Él ha dado su vida por nosotros; por tanto, también nosotros debemos dar la vida por los hermanos». Amar y salvar son como las «obsesiones» de Dios. ¿Son las nuestras?

El término «mundo» se usa mucho en el evangelio de Juan, con diversos significados. Puede significar «la tierra», el espacio habitado por los seres humanos, o la Creación. Aquí, en nuestro texto, «mundo» significa las personas que habitan en esta tierra, toda la humanidad, amada por Dios.

O, en sentido negativo, puede significar el ambiente hostil al Evangelio, el ambiente de pecado, de injusticia, de rechazo a Jesucristo, aquella parte de la humanidad que se opone a Jesús y se convierte en su «adversario»” (Jn. 7,4.7; 8,23.26; 9,39; 12,25). La esperanza que el evangelio de Juan comunica a la Comunidad es que Jesús vence al «príncipe de este mundo» (Jn. 12,31), porque Él es más fuerte que el «mundo»: «Tendrán tribulación en el mundo, pero tengan confianza, yo he vencido al mundo» (Jn. 16,33).

  1. 18: El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios.

Creer en Jesús es entrar en una dinámica de salvación y de vida eterna, es empezar a vivir el dinamismo de amor de Dios, Padre, Hijo y Espíritu. ¿Qué son para nosotros esos conceptos? ¿Experimentamos así a Jesús?

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE el texto?        

 Atiende a tu interior ¿Qué me dice Dios a través del texto?¿Qué quiere decir para mí ese amor del Padre al mundo, el darme a su Hijo? ¿En qué o quiénes lo noto y lo vivo? ¿Hasta qué punto este «dar», esta entrega del Hijo me empuja a mí al amor? ¿En qué o quién he experimentado ese ser salvado/a? ¿Dónde experimento la hostilidad del «mundo»?

 Dios es Padre 

Para hablar de Dios solo tenemos nuestro lenguaje humano. Nos imaginamos a Dios deliberando entre sí y decidiendo tomar la arriesgada aventura de comunicarse hacia fuera. Abrir espacio a lo que no es Dios y es solamente creatura, obra de su poder. Concibe un proyecto grande, de duración muy larga, digno de su bondad y su poder, y le da existencia con la eficacia de su Palabra. No lo hace por necesidad. Se basta a sí mismo. Es su amor infinito el que lo lleva a dar realidad a su designio. A su llamada responden los mundos, y en el centro de esa creación da vida a un ser especial que quiere lleve su imagen y semejanza, el ser humano, hombre y mujer. Aún más, lo hace libre, capaz de decidir, de oponerse incluso a su divino querer. Así empieza la obra de Dios Padre.

Damos a Dios este nombre de Padre, muy cercano a nuestros afectos. Queremos significar que él es fuente de vida, que protege y cuida con amor, que nutre y sostiene en la existencia, que quiere tratar al hombre como a hijo, que le reserva una herencia que es él mismo. La palabra de Dios escoge incluso la palabra aramea

Abbá, propia de la lengua que hablaba el Señor Jesús. El niño pequeño usa, incluso hoy, esa palabra para dirigirse a su padre terreno y con ella expresa confianza, seguridad, profundo cariño y ternura.

Dios es Hijo

 El Padre Dios engendra un Hijo igual a él en esencia, pero distinto como persona. Es su Palabra, el que en la tradición llamamos también el Verbo de Dios. En su plan de salvación en beneficio del hombre, Dios nos envió a su Hijo en la realidad de nuestra carne humana. Lo decimos en esa hermosa oración del Angelus:

«El Verbo se hizo carne».  Los primeros cristianos lo cantaron  hermosamente:

«Siendo de condición divina…tomó la condición de esclavo» (Flp. 2,-6-11). La Encarnación es un misterio grande que pone a Dios en la realidad de nuestro mundo. Sentimos su calor de Padre al acogernos en Jesús que «no se avergüenza de llamarnos hermanos» (Hbr. 2, 11). Nos revela el amor sin medida del Padre que hemos escuchado en la lectura del evangelio: «Tanto amó Dios (el Padre) al mundo que le entregó a su Hijo único» (Jn. 3, 16).

 Dios es Espíritu Santo

 Vivimos en la realidad del tiempo, de la suma de los días. Tenemos un final en nuestra marcha por el mundo. Vamos marcados por la debilidad de lo humano pero habitados por el poder de Dios. De manera eminente esta habitación, que nos hace templos vivos, se realiza por la presencia en nosotros del Espíritu de Dios. Sabemos por los fenómenos de la naturaleza la fuerza del viento. Poder benéfico y también destructor. La palabra Espíritu tiene relación con el viento y su poder benéfico. También capaz de obrar en nosotros purificación. El Espíritu es el guía muy silencioso que nos va conduciendo en la vida. El que forma en nosotros a Jesucristo.

Conocemos sus dones, sabemos sus frutos. Tener conciencia de su presencia en nuestra vida implica un compromiso que va más allá de las festivas celebraciones con que se suele honrar. Supone escucha de su palabra y obediencia a los deseos que inspira en el corazón.

El misterio de un Dios Trascendente – cercano

 En las últimas décadas se ha dado en la Iglesia una clara acentuación del carácter «trinitario» de nuestra vida personal y eclesial. El Catecismo de la Iglesia Católica, del año 1992, nos sitúa continuamente, por ejemplo, cuando habla de la celebración litúrgica, en una relación explícita con el Dios Trino, y pone, sobre todo, un énfasis en el Espíritu que no habían destacado otros documentos anteriores. Cuando San Juan Pablo II nos convocó para el Jubileo del año 2000, lo fuimos preparando con un año «dedicado» a cada una de las Personas de la Trinidad, para concluir con el año jubilar centrado en las tres.

Pero ¿quién es Dios? ¿cómo es ese Dios en quien creemos? No es indiferente la imagen que tenemos de Dios. De ella depende en gran parte nuestra relación con él: relación de criaturas, de esclavos o de hijos.

Los textos oracionales de la Misa insisten sobre todo en el «admirable misterio» de la «eterna Trinidad y la Unidad todopoderosa» (Oración Colecta) y dicen que confesamos nuestra fe «en la Trinidad santa y eterna y en su Unidad indivisible» (Oración después de la Comunión). Sobre todo, el prefacio -que hasta hace pocos años decíamos cada domingo- ensalza la admirable comunión de las tres Personas en una única naturaleza: «eres un solo Dios, un solo Señor, tres Personas en una sola naturaleza», «sin diferencia ni distinción… de única naturaleza e iguales en su dignidad».

Es admirable y nunca podremos comprender bien el Misterio de esas tres Personas llenas de vida, trascendentes, plenamente unidas entre sí, aunque puede parecer una visión demasiado elevada para nosotros, pobres mortales, que caminamos por este mundo lleno de preocupaciones y límites, que, con frecuencia, no entendemos ni siquiera lo que pasa a nuestro alrededor.

Ciertamente, el Dios de la Biblia es un Dios cercano, no meramente filosófico y «todo Otro». Es un Dios que es Padre, que se ha querido acercar a nosotros y ha entrado en nuestra historia, que nos conoce y nos ama. Un Dios que es Hijo, que se ha hecho Hermano nuestro, ha querido recorrer nuestro camino y se ha entregado por nuestra salvación. Un Dios que es Espíritu Santo y nos quiere llenar en todo momento de su fuerza y su vida.

Una fe más simple y sencilla, pero más auténtica y comprometida

 Más allá de medio entender esas elevadas elucubraciones teológicas sobre el Misterio de la Trinidad (claro que la razón humana tiene el derecho y el deber de profundizar la fe hasta donde le alcance su capacidad), lo fundamental e interesante es descubrir qué significa «creer en la Santísima Trinidad». Con sencillez, y para no seguir complicando las cosas, podemos afirmar que creer en la Trinidad es comprometerse a construir Comunidad. De tal manera que la violencia, el desamor, la injusticia social, la división, la inequidad, son signos preocupantes de ausencia de fe trinitaria, es decir, de ausencia de verdadera fe.

El Evangelio de hoy no trata de una elaboración académica y teológica sobre el Misterio de la Trinidad. Es mejor cambiar de vida y seguir el Evangelio, que saber cosas profundas de teología.

Lo más importante no es ser capaz de explicar la Trinidad. Lo más importante es que este Misterio sea capaz de cambiar nuestros corazones y aumentar nuestro amor. eso es «nacer de nuevo».

Por lo tanto, el Evangelio de hoy no trata sobre ideas, sino sobre hechos: lo que la Trinidad ha hecho por nosotros; cómo se relaciona la Trinidad con nosotros.

María, mujer trinitaria

 María Virgen es modelo de una íntima relación con el Misterio de la Trinidad. Ella es la hija amadísima de Dios el Padre. Él la preparó para ser la Madre de su Hijo y quiere que sea Madre de los cristianos. Tuvo con el Hijo de Dios la más íntima relación posible a una creatura. Lo acogió en su seno, lo alimentó, le ayudó a crecer, le enseñó a ser Dios en la realidad del hombre. Siempre discreta ante él lo acompañó hasta la Cruz en que moría por la salvación del mundo. Y lo sigue amando y sirviendo en su Cuerpo místico que es la Iglesia. El Espíritu es su esposo. Su poder le dio la capacidad para ser la Madre de Dios. La guió en esa maravillosa pero difícil tarea de dar vida al Hijo de Dios en el mundo.

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?      

Padre de bondad,

concédenos la Gracia de tenerte siempre para hacer nacer en nosotros

esa experiencia de vida eterna.

Danos confianza

para afrontar el mundo y amarlo como esta Trinidad lo ama y lo cuida.

PADRE santo, ya que nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene,

danos tu ESPÍRITU para que venga en ayuda de nuestra debilidad,

y que él mismo interceda por nosotros.

HIJO único de Dios,

que pediste al Padre para tu Iglesia el Espíritu de la verdad,

haz que este Defensor esté siempre con nosotros.

Ven, ESPÍRITU SANTO, que procedes del Padre y del Hijo, y derrama en nosotros tus frutos: caridad, gozo, espiritual, paz, paciencia, benignidad, bondad,

longanimidad, mansedumbre,

fe, modestia, continencia y castidad.

PADRE todopoderoso,

tú que enviaste a nuestros corazones

el ESPÍRITU de tu HIJO que clama: «¡Padre!»,

haz que nos dejemos llevar por ese Espíritu y lleguemos a ser herederos tuyos y coherederos de Cristo.

Señor Jesús, que nos enviaste desde el Padre

al Paráclito, para que diera testimonio de ti,

haz que también nosotros demos testimonio de ti ante los hombres. Amén.

  1. CONTEMPLACIÓN-ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE LA PALABRA?

¿Qué dimensión de mi vida puedo cambiar? ¿Qué hacer en concreto, por poco que sea, para acogerlo y creer con hondura en Él? ¿Cómo arrimar el hombro con Jesús y su Padre para salvar el mundo? ¡Algo que esté en mi mano de modo realista!

 La vida cristiana es trinitaria

 La experiencia de la vida cristiana es fundamentalmente trinitaria. Tenemos que desarrollar en nosotros el afecto filial y comprometido con Dios nuestro Padre. El amor que se encierra en la palabra Abbá nos debe ser familiar. Jesucristo para nosotros será siempre nuestra cabeza y nuestro salvador. Todo lo que él ha querido ser para nosotros debe tener acogida en nuestra vida. Y el Espíritu es el guía siempre confiable de nuestra vida. Que cuando nos santiguamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu esas palabras expresen ante Dios lo que somos en su designio de amor. Y, con frecuencia, repetimos la jaculatoria: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo»

La Eucaristía, «cumbre de la vida de la Iglesia», se celebra siempre en ambiente trinitario: comenzamos «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo»  Antes de la Consagración, momento central de la Celebración, invocamos a la Trinidad para que se pueda dar el Milagro Eucarístico: «Santifica, Padre, estos dones con la efusión de tu Espíritu, de manera que estos dones de pan y vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor…». Luego, después de la consagración, cuando ya hay presencia real de Jesucristo, finalizamos la Plegaria Eucarística con la gran doxología, o exclamación de alabanza: «Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos». Y, terminada la Celebración Eucarística, regresamos a nuestros hogares con «la bendición del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» …

De tal manera que, no hay verdadera vida cristiana si no es trinitaria.

Nuestro compromiso hoy

Todo esto lo hemos visto plenamente cuando, hace más de dos mil años, Dios Padre quiso entrar en nuestra historia humana enviándonos a su Hijo como hermano nuestro, nacido de María por obra de su Espíritu.

Sea cual sea nuestra situación personal, de salud, etc. etc., no podemos poner nunca en duda que Dios nos ama, que nos quiere salvar, que nos ofrece su misma vida. Que, aunque no lo entendamos del todo, estamos incorporados a ese gran misterio de amor que es el Dios Trino.

Que corrijamos las deficiencias en nuestra imagen de Dios, que corrijamos nuestro modo de rezar y de relacionarnos con Él, que seamos conscientes de que constantemente proclamamos nuestra fe y que toda nuestra vida sea dar gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

Algunas preguntas para meditar durante la semana:

  1. ¿Piensas en la Trinidad no como una doctrina, sino como del amor de Dios por ti, que se manifiesta en la perfecta comunión del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo?
  2. ¿Con qué Persona de la Trinidad te gusta más relacionarte?
  3. ¿Cuál es la imagen real que tienes de Dios?
  4. Confrontándote con las enseñanzas cristianas, ¿de qué manera debes tú cambiar con respecto a tu imagen de Dios?

Carlos Pabón Cárdenas, CJM.

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