Lectio Divina II Domingo de Pascua

A M B I E N T A C I Ó N

            El Tiempo Pascual es un tiempo para profundizar, durante varios domingos, en los dones que Dios nos concede a través de la resurrección de Jesús.

            En este II domingo de Pascua, la Iglesia nos hacer reflexionar sobre los dones de la caridad fraterna, la fe y la paz.

            El domingo pasado celebrábvamos la resurrección del Señor. Es el día de la Pascua, por excelencia.

            Pero el “tiempo de la pascua” nunca se acaba. Este II domingo y los restantes del año, son el día del Señor, memoria y actualizacion de la Pascua del Señor. El día en que su resurrección nos reúne para celebrar ese gran acontecimiento y para compartir el gozo de nuestra fe.

            Es, también, el día de la acción de gracias a Dios porque, por su infinita divina misericordia, nos ha favorecido con la gracia de su Pascua. Por la muerte y resurrección del Señor hemos sido perdonados.

            La experiencia del Resucitado tiene lugar y adquiere sentido en el seno de la comunidad. Jesús encargó a las mujeres que anunciaran la resurrección a los discípulos. Una vez advertidos de la noticia, Jesús viene al encuentro de ellos. La carta de san Pedro también muestra cómo los primeros cristianos creyeron gracias al testimonio de los apóstoles. La fe en la resurrección nos lleva a compartir los bienes materiales, la oración, la Palabra y Eucaristía.

 1. L E C T U R A

Liturgia de la Palabra del II domingo de Pascua – Ciclo A

1ª Lectura : Hechos de los Apóstoles 2, 42 – 47: “Los creyentes tenían todo en común”

Sal 118 (117): “Den gracias al Señor porque es bueno”.

2ª Lectura: 1 Pedro 1, 3 – 9: “Por su gran misericordia nos hizo renacer a una esperanza viva”

    Evangelio de Juan 20, 19 – 31: “Dichosos los que crean sin haber visto” 

2. M E D I T A C I Ó N

1ª Lectura : Hechos de los Apóstoles 2, 42 – 47: “Los creyentes tenían todo en común”

            Esta primera lectura es sobre la caridad y la fraternidad entre los discípulos y creyentes en la resurrección. Debería ser un ejemplo para nuestras comunidades cristianas: “se entregaban a la enseñanza de los Apóstoles y a la vida común, a la Fracción del Pan y a la oración”. Así, Hechos presenta un compendio de la actividad de la comunidad cristiana en Jerusalén, después del Pentecostés.

            No es un “marco ideal”, una especie de utopía inalcanzable. Es la realidad de la Pascua en la vida de la comunidad. Es una comunidad viva, resucitada, pascual. ¿Estamos lejos de ese paradigma? Aún no se completa la Pascua de Jesús en nosotros.

            Nosotros nos reunimos hoy para celebrar la Eucaristía, escuchar la Palabra de Dios (enseñanza de los Apóstoles), orar juntos y manifestar públicamente nuestra fe cristiana.

            Ojalá que nuestra actitud, nuestro espíritu cristiano y nuestro compromiso de fe coincidan con el de aquella comunidad cristiana de la que nos habla este texto de Hechos de los Apóstoles. La resurrección del Señor impulsaba a las comunidades cristianas primitivas a reunirse para vivir en comunidad su fe: cambiaron su forma de vida, se vieron inundadas de alegría por la experiencia pascual, eran impulsadas a dar claro testimonio de ella, de modo que las personas se admiraban y se sorprendían del modo de proceder de los cristianos.

            Se reunían para compartir y vivir su fe en comunidad, para escuchar la Palabra de Dios y ajustar a ella su vida, para hacxer una oración de acción de gracias al Señor por la fe que les ha ofrecido y por saberse perdonados y redimidos.

                        Sal 118 (117): “Den gracias al Señor porque es bueno”.

            Continuamos con la lectura orante de la Palabra de Dios en este II domingo de Pascua, con el salmo 118 (117), un salmo pascual por excelencia. El texto del salmo expresa la acción de gracias por la victoria del Señor. Nada más grande que esta pequeña alabanza que, aunque repetida, resuena siempre nueva: “porque es bueno”.

            Con las palabras del salmo reconocemos el amor -la misericordia– del Señor que se ha manifestado en la resurrección de Jesús.

     2ª Lectura: 1 Pedro 1, 3 – 9: “Por su gran misericordia nos hizo renacer a una esperanza viva”

            La carta de Pedro es una de las carta católicas. Así llamadas porque no están dirigidas a una comunidad determinada, sino a varias o en general, a todas las comunidades cristianas, compuestas en su mayor parte por conversos del paganismo.

            Se la considera un discurso bautismal sintetizado: por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible.

            Pedro escribe sobre el don de una fe esperanzada, que necesitamos urgentemente, para afrontar, desde el Evangelio, los desafíos que se derivarán del daño causado por coronavirus.

            Hemos renacido a un nuevo estilo de vida por la resurrección de Jesús, un estilo de vida guidado por la fe.

            La fe cambia el sentido de nuestra vida, de nuestra muerte, de nuestra ética, de nuestros valores y anhelos.

            Esta fe es don de Dios; fue adquirida para nosotros por la resurrección.

                Evangelio de Juan 20, 19 – 31: “Dichosos los que crean sin haber visto”

            Los estudiosos de la Biblia están de acuerdo en que este pasaje se compone de una intercesión de 3 partews que se distinguen en:

  1. a) Una escena-puente (vv. 19-23) que vincula la aparición del Resucitado a Magdalena con
  2. b) … la historia de la incredulidad de Tomás (vv. 24-29)
  3. c) … y el primer epílogo del Evangelio de Juan (vv. 30-31)

            La Palabra de este segundo Domingo de Pascua nos sitúa en el ejercicio mismo de la vida pascual y se vuelve para nosotros una invitación a vivir la vida nueva en Cristo.

            Nos dice el Evangelio (Jn. 20,19-31) que los discípulos están reunidos en asamblea, pero tienen las puertas cerradas por miedo a los judíos. Hay miedo, hay encerramiento, hay inseguridad; pero viene Jesús a la comunidad y con su Palabra devuelve la confianza y afirma la seguridad: “¡la paz con ustedes!” Y la paz de Jesús es plenitud de vida, serenidad, amor. El primer regalo de una vida pascual es siempre la paz. Una paz que destierra los miedos, que abre al diálogo y al testimonio, porque proviene de una presencia renovadora, de una fuerza que nos transforma.

            Ahora bien, la asamblea de la comunidad, para vivir la experiencia de la Pascua de Jesús, se celebra “el primer día de la semana”. Cada ocho días se reúnen los discípulos de Jesús para la fracción del pan y para hacer memoria de la entrega del Señor hasta la muerte y para renovar la Alianza nueva que Él ha hecho con nosotros en su sangre. La reunión judía del sábado va dando paso a la reunión cristiana del domingo como “día del Señor”, en el que se vive la presencia del Resucitado, se recibe la paz y todos se llenan de gozo al ver al Señor.

            En el día del Señor, igualmente, la comunidad reunida recibe el don del Espíritu, el aliento mismo de Jesús Resucitado, que nos hace hombres y mujeres nuevos y nos permite vivir como nueva creación, “para una esperanza viva, para una herencia incorruptible y pura que nos está reservada en el cielo”, como dice hoy la carta de Pedro (1 Ped. 1,3-4).

            En el día del Señor acogemos el perdón que la Pascua de Jesús nos ofrece y nos hacemos servidores del perdón para todos los demás. De esta manera, cada semana podemos vivir como comunidad reconciliada y reconciliadora. Es la totalidad del perdón de Dios transmitido por el Resucitado a sus discípulos, para que nos hagamos responsables de ofrecer y repartir el perdón entre los hombres.

            En el día del Señor acogemos la presencia viva de Jesús que nos muestra las manos y los pies heridos y el corazón traspasado, pero nos afirma que, a pesar de todo, él está vivo para nosotros. Él ha pasado por la muerte en la cruz y ahora vive para siempre. Los signos de su pasión permanecen y nos dicen claramente que el Crucificado es ahora el Resucitado.

            Tomás, apodado “el mellizo” es uno de los discípulos. Él no estaba presente el día de la pascua y quiere “ver al Señor”. Muy dentro del estilo del cuarto evangelio, algunos especialistas se preguntan quién era su mellizo dentro del grupo; pero el evangelista conserva el misterio sobre el nombre y la misión del “otro”, y da pie a que el lector del evangelio se reconozca “hermano y gemelo de Tomás”. Igual que Tomás, ninguno de nosotros estaba presente en la manifestación del Resucitado la tarde del primer día de la semana. Por eso nos corresponde a nosotros aceptar el testimonio de los otros discípulos y escuchar la Palabra de Jesús que nos dice: “No llegues a ser incrédulo sino creyente”. Y cada Domingo se nos da la ocasión para proclamar, en un acto de fe, la mayor confesión que un discípulo puede hacer del Resucitado: “¡Señor mío y Dios mío!”. Es una fe personal pero también comunitaria: “Mi Señor y mi Dios” le dice cada uno, pero él es Señor de todos y Dios para todos”.

            Con toda esta experiencia dominical, la comunidad puede volver a su actividad diaria en la semana y dar testimonio de una vida fraterna, expresada en la solidaridad, en la oración, la alabanza, la Eucaristía y el testimonio de una alegría y un gozo permanentes, capaces de conquistar a otros para el Señor. Es lo que nos dice la primera lectura (Hech. 2,42-47).

            Meditemos, pues, sobre la experiencia profunda que nos ofrece la celebración del domingo, recuperemos su sentido, y demos testimonio a los demás de una vida pascual que debe su fuerza a la reunión con el Resucitado.

3. ORACIÓN

Señor, gracias por la Iglesia, comunidad de fe que nos transmite la experiencia de la resurrección, que nos trae la salvación.

Gracias por haberte presente en el prójimo, el antídoto que nos cura del protagonismo, la la vacuna que nos protege del egoísmo.

Te pedimos perdon por desconfiar de los hermanos, por no alegrarnos con las bendiciones que reciben de Ti,  por no hacer caso de su testimonio, por dudar de tu presencia en su vida.

Queremos que nuestras comunidades sean un reflejo del Resucitado para que el mundo pueda creer en Ti

Que sepamos compartir con los demás todo lo que tenemos, porque lo hemos recibido de Ti. Que seamos fieles a las enseñanzas de los pastores, porque tu sabiduría supera nuestro conocimiento. Que nos mantengamos firmes en la oración, porque sin tu Espíritu nada podemos. Que la participación en la Eucaristía, sea el alimento que nos mantiene firmes en el camino.

4.C O N T E M P L A C I Ó N

* María Magdalena recibió del Señor resucitado la misión de anunciar el Evangelio a los discípulos, sumidos en el dolor y el miedo. ¿Quiénes son hoy “los discípulos replegados en sí mismos por el dolor y el miedo”? ¿Cómo podemos traerles la Buena Noticia?

* La luz del Resucitado irrumpe en la oscuridad al principio y al final del día. Identifica la oscuridad que te rodea y abre tu corazón a la luz del Resucitado.

* ¿Cómo te defines? ¿Como alguien que sabe de Jesús o uno que conoce a Jesús? ¿Qué diferencia hace, en tu vida, el conocer a Jesús?

* ¿Alguna vez has tenido miedo de Jesús? ¿Alguna vez has tratado de huir de Él? ¿Por qué?

* El Resucitado vence primero el miedo de los discípulos y después la incredulidad de Tomás. Identifica en ti lo que debe ser derrotado por el Resucitado.

“Señor mío y Dios mío”.

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