Lectio divina del domingo V de Cuaresma 2020

Seguimos los pasos de Cristo, vida del mundo

Ambientación

Estamos a dos semanas de la Pascua. El domingo próximo ya será Domingo de Ramos, la puerta de la Semana Santa. Las lecturas de hoy nos preparan muy bien a la Pascua: nos ayudan a fijar nuestros ojos en Jesús, en su camino hacia la cruz y hacia la vida nueva.

Como dice el prefacio 5º de Cuaresma: «en nuestro itinerario hacia la luz pascual, seguimos los pasos de Cristo, maestro y modelo de la humanidad reconciliada en el amor». En la serie de etapas salvíficas de la historia del AT llegamos hoy a la figura de los profetas, don eximio de Dios a su pueblo. En concreto, el profeta Ezequiel.

Mientras que en el evangelio leemos la resurrección de Lázaro, donde Jesús se revela a sí mismo como la vida del mundo, después de haberse manifestado en domingos pasados como la fuente de agua viva y como la luz. Hoy las tres lecturas bíblicas apuntan al mismo y gozoso mensaje: la vida. Tanto Ezequiel para su pueblo, como Pablo para sus lectores como, sobre todo, el Evangelio con el relato de Lázaro, nos aseguran que nuestro destino es la vida.

  1. PREPARACIÓN: Invocación al ESPÍRITU SANTO   

Ven, Espíritu Santo, ilumina nuestra mente, nuestro corazón y nuestra voluntad

para que podamos comprender, aceptar y vivir tu Palabra.

Llena con tu santo poder

a todos los que participamos en este encuentro para que, guiados por el Evangelio, recorramos juntos el camino de Jesús Maestro.

Amén.

  1. LECTURA: ¿QUÉ DICE el Texto?   

Ez. 37, 12-14: «Infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán»

EL profeta Ezequiel ha tenido la visión de unos huesos secos e informes que toman carne, se organizan y reviven. Y el texto escogido como lectura nos da el «oráculo» que interpreta o aplica el sentido de la visión profética. La visión que tiene el profeta de la resurrección de los muertos expresa la restauración de Israel, la vuelta de los cautivos y la renovación de toda la vida del Pueblo de Dios.

Las órdenes del Señor se transmiten por medio del profeta y se van realizando progresivamente: lo que era un montón informe de huesos secos se convierte en un gran ejercito: es el Pueblo de Israel.

El oráculo del profeta tiene como fin avivar la esperanza de los cautivos de Babilonia anunciándoles la pronta restauración, … que será una resurrección de la nación.

Esta restauración será además un claro testimonio de que el Señor está en medio de su Pueblo: «sabrán que yo soy el Señor cuando abra sus tumbas…». Y esta resurrección se realiza por la infusión del Espíritu del Señor.

Por eso la restauración del Pueblo será una penetración profunda del Espíritu en el Pueblo:

«infundiré mi espíritu en ustedes y vivirán». Esta vivificación es lo que litúrgicamente se ha de resaltar en la lectura, en relación con las lecturas apostólica (2a lectura) y evangélica (Evangelio).

Sal. 130(129): «Mi alma espera en el Señor, más que el centinela la aurora»

Con razón podemos cantar con el salmo que «del Señor viene la misericordia y la redención copiosa». Es el famoso salmo «De profundis» («desde lo hondo»), que asociamos instintivamente al recuerdo de los difuntos, y que es un salmo de esperanza confiada: «mi alma espera en el Señor, más que el centinela la aurora».

Ro. 8, 8-11: «El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes»

Este fragmento de la carta de Pablo a los Romanos viene a proyectar sobre los cristianos el mensaje de las otras dos lecturas. Estar o existir «en la carne» es vivir desde sí y para sí, con perspectivas y límites cerrados a esta tierra, recortados por el egoísmo. Existir «en el espíritu» es vivir desde el impulso del Espíritu de Cristo y con sus horizontes y su fines: desde el amor universal para la vida inmortal.

Y dice Pablo a los cristianos que «hemos recibido este Espíritu» y desde él hemos de vivir, no ya «desde la carne», no desde el egoísmo. Y apunta a la vivificación final, a la resurrección plena a que nos conduce el Espíritu al igual que a Cristo. Y dice llanamente que quien no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Las afirmaciones que leemos hoy son ciertamente valientes y nos ofrecen una perspectiva optimista: «si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos (o sea, el Espíritu de Dios Padre) habita en ustedes… vivificará también sus cuerpos mortales». Es una página que nos prepara a escuchar el Evangelio de la resurrección de Lázaro, que es también el destino que nos espera a todos los que creemos y seguimos a Cristo.

EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN

Jn. 11, 3-7.17.20-27.34-45: «Yo soy la resurrección y la vida»

R/. Gloria a Ti, Señor.

3 Las hermanas [de Lázaro] enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo». 4 Al oírlo Jesús, dijo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella

5 Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.

6 Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. 7 Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: «Volvamos de nuevo a Judea».

17 Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. 18 Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, 19 y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. 20 Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. 21 Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. 22 Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». 23 Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará». 24 Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día». 25 Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; 26 y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto

27 Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo».

34 Y dijo  [Jesús]: «¿Dónde  lo han puesto?» Le responden: «Señor, ven  y lo  verás».  35 Jesús derramó lágrimas. 36 Los judíos entonces decían: «Miren cómo le quería».    37 Pero algunos de ellos dijeron: «Éste, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?» 38 Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. 39 Dice Jesús:

«Quiten la piedra». Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día». 40 Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» 41 Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo:

«Padre, te doy gracias por haberme escuchado. 42 Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado».

43 Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal afuera44 Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice:

«Desátenlo y déjenlo andar».

45 Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.

Palabra del Señor

R/. Gloria a Ti, Señor Jesús

 Re-lemos el texto para interiorizarlo

a) Contexto: 10,22-11,54: Fiesta de la Dedicación

En el umbral de la Pascua, el relato de la resurrección de Lázaro es como un anticipo de la resurrección de Jesús. Resucitando a Lázaro, Jesús se revela como nuestra Resurrección y nuestra Vida, y nos revela que la última palabra sobre la realidad no la tienen la muerte ni el mal, sino el Padre que, por amor y fidelidad, nos resucitará a nosotros como resucitó a su Hijo Jesús. Este evangelio es el corazón de la sección quinta del evangelio, dedicada a la fiesta de la Dedicación (cfr. 10,22-11,54).

El texto se articula en torno al tema de la gloria de Dios (vv. 4 y 40), manifestada en Jesús por medio de la resurrección de Lázaro. El segundo tema decisivo del relato es la fe: creer en Jesús. En la parte central (vv. 17-27) se encuentra la afirmación esencial del relato: Yo soy la resurrección y la vida (v. 25).

 

b)  Comentario:

v. 3:

Lázaro, el amigo de Jesús y sus discípulos (v. 11) era especialmente querido por el Señor, como insiste el texto (vv. 3.5.36). Las hermanas pueden comunicarse directamente con Jesús; se dirigen a él como «Señor» y se refieren a su hermano enfermo como «aquel al que tú quieres».

María: Está en el centro de los tres hermanos; es el personaje más conocido, debido al gesto que hizo con Jesús, narrado en Jn. 12,1ss. Destaca el lugar de María: siempre «a los pies» de Jesús, escuchando su Palabra (Lc. 10,39), postrándose ante Él (Jn. 11,32), o ungiendo sus pies con perfume (Jn. 12,1ss). María dirige a Jesús el mismo reproche que Marta, pero su primer gesto es la reverencia amorosa (se postra ante Jesús: v. 32).

v. 4:

Jesús anuncia que esta enfermedad no tiene la finalidad última de provocar la muerte a Lázaro. Tendrá dos consecuencias que trascienden la enfermedad inmediata del amigo de Jesús. Esta enfermedad será el medio por el que la gloria de Dios brillará intensamente y el Hijo de Dios será glorificado (v. 4).

Puesto que los discípulos vieron la gloria como resultado del milagro realizado por Jesús en Caná (cfr. Jn. 2,11), el lector espera que tendrá lugar otro signo y que, mediante éste, se verá la gloria de Dios. Pero ¿y la glorificación del Hijo de Dios? Durante el relato de la celebración de los Tabernáculos, el narrador había dicho al lector que aún no se había dado el Espíritu porque Jesús todavía no había sido glorificado (cfr. Jn. 7,39), y, posteriormente, Jesús dijo a «los judíos» que el Padre lo glorificaría (cfr. Jn. 8,52-54).

vv. 5-6:

Hay una aparente contradicción en la yuxtaposición del v. 5 y el v. 6. Porque Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro (v. 5), se queda dos días más donde se encontraba (v. 6). Por amor, Jesús no va junto a los que ama cuando precisamente ellos le necesitan. Como en otros lugares del evangelio (cf. 2,1-12; 4,46-54; 7,2-14), las acciones de Jesús no pueden medirse con criterios humanos. Él está respondiendo a un plan de más envergadura que lo que cualquiera pudiera esperar. Su amor a esta familia se mostrara en acciones que revelarán la gloria de Dios (v. 4).

Se han presentado los temas que irán apareciendo durante la narración: la enfermedad y la muerte (vv. 1.4), la unción de María, sobre la que nada se nos ha dicho aún (v. 2), la familiaridad (v. 3) y el afecto (v. 5), la gloria de Dios y la glorificación del Hijo de Dios, que resultarán de esta enfermedad que no es muerte (v. 4). Finalmente, Jesús llama a los discípulos para que fueran de nuevo con él a Judea (v. 7).

vv. 17:

Cuando Jesús llega a Betania, hacía cuatro días que Lázaro había muerto. El texto lo señala dos veces (vv. 17.39) para insistir en que estaba definitivamente muerto, según la consideración judía de que la muerte era definitiva a partir del cuarto día, cuando la corrupción del cuerpo empezaba a borrar los rasgos del difunto.

v. 20:

 Marta sale de la casa para encontrarse con Jesús. A María se la describe inmóvil: sentada en la casa. Las dos mujeres responden a Jesús de modos diferentes.

vv. 21-22:

 Marta: Sale hacia Jesús cuando se entera de que está cerca pero sus primeras palabras son una queja y un reproche: «Si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En el diálogo con Jesús, éste sondea la profundidad de su fe. Marta cree en la resurrección en el último día, como los fariseos.

Marta saluda a Jesús con la misma palabra que ella y María habían utilizado en su mensaje sobre la enfermedad de su hermano, «Señor» (v. 3). Luego confiesa su fe en él como hacedor de milagros, reconociendo que si Jesús se hubiera apresurado habría curado a su hermano (v. 21). La razón de esta fe en Jesús se encuentra en su convicción de que cuanto pidiera a Dios acontecería (v. 22).

Al principio, su fe no es aún una fe viva en Jesús como aquel que puede resucitar y dar vida, porque Él mismo es la Vida. La fe en la autoridad de Jesús para hacer milagros no llega a la auténtica fe (cfr. 1,49-51; 2,23-25; 3,1-11; 4,25-26; 6,25-27; 7,31). Después de la solemne afirmación de Jesús en el v. 25, sí. ¿Alguna vez, como Marta y María, has reprochado a Dios su ausencia? ¿Alguna vez le has dicho: «¿dónde estás?», «¿dónde te escondes?» o «¿por qué tardas?». Como María, ¿qué gesto de amor a Dios podrías hacer hoy? Como Marta,

¿cómo confiesas tu fe en Jesús, Vida nuestra?

Tanto Nicodemo (3,2) como el ciego de nacimiento (9,31-32) expresaron su fe en que Jesús tenía un especial acceso a Dios y, por ello, podía hacer milagros. Marta repite esta forma de entender a Jesús como un rabbí que procede de Dios y hace signos maravillosos porque Dios está con él (vv. 21-22; cf. 3,2; 9,31-32).

vv. 23-24:

 La respuesta de Jesús corrige su error. Le dice que Lázaro resucitará y el lector sabe que Jesús levantará a Lázaro del sueño de la muerte (vv. 11.14). Marta, que no estaba presente cuando Jesús le dijo esto a los discípulos (vv. 7-15), no deja espacio a Jesús, pues ella conoce el tema de la resurrección de los muertos. Irrumpiendo en las palabras de Jesús, ella le dice que acepta la idea judía común de que habría una resurrección final de los muertos:

«resurrección en el último día» (v. 24).

  1. 25-26:

Jesús se revela, en este evangelio, profundamente humano y divino. Su revelación solemne es: «Yo soy la resurrección». En el evangelio de Juan, Jesús utiliza muchas veces la expresión «yo soy» para indicar que comparte la misma divinidad de Dios (su nombre en el AT es «Yo soy el que soy»). Jesús se revela: «Yo soy el buen pastor», «Yo soy la puerta», «Yo soy la luz del mundo», «Yo soy el agua viva», «Yo soy el camino, la verdad y la vida», «Yo soy la vid». La resurrección de Lázaro es un relato que quiere transmitirnos esta verdad: El Señor Jesús es el Señor de la Vida y nos resucitará.

Junto a esto, Jesús se muestra entrañablemente humano: Jesús amaba profundamente a sus amigos, siente el dolor de la pérdida y llora la muerte de sus seres queridos. Otro aspecto importante es que Jesús reza antes de resucitar a Lázaro. El signo de la resurrección de Lázaro, como los demás signos del evangelio, tienen esta finalidad: «para que crean» (Jn. 11,15.42). ¿Crees en la resurrección de los muertos? ¿Crees en Jesús, Vida y Resurrección nuestra? Contempla a Jesús, profundamente conmovido por el sufrimiento de los otros: ¿Te dejas afectar así por el dolor ajeno? ¿Buscas hacer algo para «desatar» a «los lázaros» que encuentras en tu camino? ¿Eres consciente de que todo lo que haces lo hace Dios en ti?

¿Rezas para recordar que trabajas unido al Padre, como Jesús?

Jesús tiene que arrebatarle la iniciativa a la enérgica Marta. Sus palabras trascienden la limitada expectación escatológica afirmada por Marta y se centra en su persona como la resurrección y la vida). «Yo soy»: Jesús se revela en primer lugar como «la resurrección y la vida» y, después, señala al carácter esencial de la fe en él como el único camino que lleva a la resurrección y la vida.

v. 27:

Marta ha confesado su fe en Jesús como hacedor de milagros (v. 21) y ha intentado contarle el verdadero significado de la resurrección de los muertos (v. 24). Ahora continúa con su arrogancia diciéndole a Jesús que ella ha creído durante cierto tiempo (v. 27a). La utilización del pronombre personal («yo») y el perfecto («he creído») señalan las creencias mantenidas por Marta. En el pasado, ella había llegado a una cierta comprensión de Jesús, y no se ha movido de la fe en que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, el que tiene que venir al mundo (v. 27b). Todas estas expresiones han sido utilizadas por otros que no llegaron a la auténtica fe.

Los primeros discípulos (1,41) y la samaritana (4,25.29) llamaron a Jesús «el Cristo», y Natanael (1,49) lo llamó «Hijo de Dios». A los discípulos los corrigió Jesús prometiéndoles que verían «cosas mayores» (1,50-51), y a la samaritana se le pidió que fuera más allá de sus esperanzas mesiánicas para poder ver en Jesús al «Yo soy» (4,26), al «Salvador del mundo» (4,42).

La muchedumbre confesó que Jesús era aquel que tenía que venir al mundo (6,14), pero Jesús huyó de estas aclamaciones (v. 15) y, posteriormente, les advirtió que no trabajaran por el pan que perece sino por el alimento que les daría el Hijo del hombre (cfr. 6,25-27).

Marta ha limitado la fe en paralelo a los discípulos, Nicodemo (3,1-11), la samaritana (4,25-

  • y la muchedumbre, que utilizaron las expresiones mesiánicas judías tradicionales para proclamar su fe en Jesús. Ningún personaje de 11,1-27 ha mostrado una fe auténtica, ni los discípulos (v. 16) ni Marta (vv. 21.24.27).

Pero Jesús no cesa en su misión de darles a conocer a Dios (cf. 1,18). Ya ha anunciado que se verá la gloria de Dios y que el Hijo de Dios será glorificado mediante los acontecimientos relacionados con la enfermedad y la muerte de Lázaro (v. 4). Ya dijo que levantaría a Lázaro del sueño de la muerte para que ellos pudieran creer (v. 15). Nada de esto se frustrará por la incapacidad de aquéllos que no pueden ir más allá de lo que pueden determinar. La autorrevelación de Jesús (cf. vv. 25-26) continuará, y así se cumplirá la promesa del v. 4.

v. 34-35:

Jesús pregunta: «¿Dónde lo han puesto?» (v. 34). Pide que se lo lleve a la tumba de Lázaro, y «ellos» lo invitan: «ven a ver». Él dijo que despertaría a Lázaro de su sueño (v. 11), y su promesa se hará realidad. El contexto exige que sean María y «los judíos» (v. 33) los que cursen la invitación. De forma respetuosa (Señor; cf. vv. 3.21), piden a Jesús que vea la situación en que se encuentra una persona que había muerto hacía cuatro días (cf. v. 17). La total asociación de María con la perspectiva de «los judíos» provoca de nuevo que Jesús llore.

v. 36:

«Los judíos» interpretan erróneamente las lágrimas como una demostración del amor que Jesús tenía a Lázaro (v. 36). La cuidadosa utilización de otro verbo para referirse al llanto de Jesús indica que las lágrimas de Jesús no pueden asociarse al proceso envolvente de duelo (v. 35: δακρύω = «dakryo» se usa para el llanto de Jesús, mientras que para el de María y «los judíos» se emplea el verbo κλαίw = «klaio», vv. 31.33). Él llora por el peligro de que nunca fuera comprendido o aceptado el don incondicional de sí mismo que amorosamente hace como el Buen Pastor (cfr. 10,11.14-15), la resurrección y la vida que ofrece ahora y para siempre a todos los que creyeran en él (11,25-26).

Mientras que María se dirigía a Jesús (vv. 28-29), había esperanza de que uno de los personajes hubiera llegado a la fe. Pero una vez que se unió a «los judíos» en su aflicción y sus lágrimas, parecen olvidarse las promesas de Jesús, quien llora de frustración (v. 35). Sin embargo, por muy intensos que sean la decepción, el enojo (v. 33) y la frustración (v. 35) de Jesús, él sigue respondiendo a su tarea de hacer visible la gloria de Dios y lograr su propia glorificación (v. 4).

v. 37:

 Mirando hacia atrás, al milagro del ciego de nacimiento (9,1-7), algunos «judíos» se unen a la comprensión errónea que Marta tiene de Jesús como un hacedor de milagros (cf. 11,21- 22). Si Jesús pudo curar a un ciego de nacimiento, ¿por qué no podía haber evitado la muerte de Lázaro?. «Los judíos» y Marta han mostrado que no están preparados para moverse más allá de sus propios criterios para comprender la persona y la misión de Jesús. No se han

movido más allá de las expectativas mesiánicas expresadas en la fiesta de los Tabernáculos, cuando alguna gente preguntó: «Cuando aparezca el Cristo, ¿hará más que lo que ha hecho este hombre?» (7,31).

Sin embargo, incluso en esto Jesús ha provocado una cierta decepción. Curó al ciego de nacimiento, pero no ha podido salvar a Lázaro. María no se une a «los judíos» en las quejas del v. 37. Ha desaparecido de la escena, tragada por las emociones humanas en torno a la muerte de su hermano. El lector sabe, desde el anuncio de la unción de los pies de Jesús en el v. 2, que ella retornará.

  1. 38-44: El signo

La persistente incapacidad de «los judíos» para aceptar a Jesús provocan la conmoción interior en Jesús cuando se dirige al sepulcro. En los primeros episodios, Jesús se ha retrasado (v. 6), ha pedido fe (vv. 15.26) y se ha mostrado enojado y emocionado (vv. 3,3.35.38a). Pidió que se le mostrara el lugar donde se había enterrado a Lázaro. María y «los judíos» se ofrecieron a llevarlo al lugar para que pudiera verlo (v. 34).

Pero a Jesús no se le muestra la tumba, sino que él va hasta allí. A partir de este momento, Jesús es el dueño de la situación; se dirige decisivamente a cumplir la voluntad de Dios (cf. v. 4), que implica despertar a Lázaro del sueño (cf. v. 11).

Las acciones de Jesús y los imperativos dominan los vv. 38-44. Sólo al dirigirse al Padre en oración muestra él una actitud de dependencia (cf. vv. 41-42). La tumba «era una cueva, y tenía puesta encima una piedra» (v. 38b).

v. 39:

Jesús ordena: «Quiten la piedra». Marta reaparece y se opone a la orden de Jesús (v. 39b). De forma coherente con su anterior encuentro con Jesús (vv. 17-27), le dice cómo funcionan las cosas en su mundo de verificaciones: Lázaro llevaba cuatro días enterrado, por lo que el cadáver ya despedía el olor de la putrefacción. Incapaz de aceptar que Jesús era la resurrección y la vida (vv. 25-26), al menos inicialmente había expresado su fe en él como hacedor de milagros (cf. vv. 21-22). Sus últimas palabras en el evangelio las dedica a decir a Jesús que no tiene autoridad alguna sobre una persona que ya llevaba cuatro días muerto (v. 39).

v. 40:

Jesús recuerda lo dicho en el v. 4 al comunicarle a Marta los beneficios que se siguen de la fe. Si se comprometiera con la fe en el mundo de Jesús, vería «la gloria de Dios». La presencia orientadora, protectora y salvífica de Dios se le haría visible en los acontecimientos que estaba a punto de presenciar -con tal de que solamente tuviera fe-.

vv. 41-42:

Pero no puede haber nada que se oponga al imperativo de Jesús (v. 39a), por lo que se ignora el intento de Marta por parar la acción (v. 39b) y se retira la piedra (v. 41a). Quienes cuestionan el carácter absoluto de «este mundo» y creen en todo lo que Jesús revela, verán la gloria de Dios (v. 40).

Jesús cambia su actitud al orar de un modo por el que pueden escucharlo todos los que allí se encontraban: Marta, María, «los judíos» y los discípulos. Adoptando una posición de oración mediante el levantamiento de sus ojos, Jesús expresa su gratitud y absoluta confianza en la comunión que existe entre él y el Padre (vv. 41c-42). Jesús y el Padre son uno (8,38), pero aquellos que están en torno a la tumba no han aceptado aún esta verdad, que es tan fundamental para comprender a Jesús.

Los discípulos, Marta, «los judíos», e incluso María, tienen todavía mucho que aprender. Así pues, Jesús ora en voz alta para proclamar a este grupo, reunido junto a la tumba de Lázaro, que las acciones que ocurrirán inminentemente proceden de la unión suya con el Padre. Sus acciones indican que él es Enviado del Padre. Ha llegado el momento de que Jesús realice una acción que mostrará la gloria de Dios y pondrá en movimiento un proceso mediante el que él será glorificado (cf. vv. 4.40).

  1. 43:

El grito de Jesús dando una fuerte voz en el silencio de la tumba de un muerto se vincula con la oración: «Dicho esto». La acción que sigue se realiza para que la gente que se hallaba en torno a la tumba llegara a creer que Jesús era el Enviado de Dios (cf. v. 25) y que tenía una autoridad absoluta sobre el difunto Lázaro (cf. v. 26).

  1. 44:

Al final, Lázaro sale del sepulcro «atado de pies y manos», con las vendas y el sudario, como símbolo del poder del mal y de la muerte, que atenaza y paraliza. La imagen es impactante. ¿Sientes que hay alguna losa sobre tu vida cuyo peso parece superior a tus fuerzas? ¿Necesitas ser sacado de algún sepulcro o liberado de algunas ataduras? El lector podría preguntarse por qué se describen tan detalladamente las vestiduras del difunto, pero la respuesta no la encontrará hasta que el relato evangélico nos presente otra tumba (19,40-41), otras vendas y otro sudario (20,5-7).

El relato del milagro concluye con otras dos órdenes dadas por Jesús: «Desátenlo y déjenlo andar» (v. 44b). Lázaro tiene que ser liberado de las ataduras de la muerte para seguir su camino.

La acción de Jesús ha revelado la gloria de Dios (cf. vv. 4.40) para que los discípulos pudieran creer (cf. vv. 15.42), para que Marta y María creyeran (cf. vv. 26.40.42), para que María y «los judíos» pudieran también creer (cf. vv. 33.42). La transformación más importante se encuentra en la aceptación por parte de todos los que presenciaron el milagro de que Jesús era el Hijo del Padre, el Enviado de Dios (cf. v. 42). Un signo realmente extraordinario ha mostrado la gloria de Dios (cf. v. 4c), pero el lector tiene aún que descubrir cómo el milagro de la resurrección de Lázaro será el medio por el que se glorificará el Hijo de Dios (v. 4d).

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE la PALABRA?   

Dios quiere abrir sepulcros

También ahora necesitamos todos, como personas y como comunidad, oír las palabras de esperanza pascual y de vida que rezuman los textos de hoy: una palabra providencial para esta situación de angustia e incertidumbre provocada por la pandemia que aflige hoy al mundo. Porque podemos sentir la tentación del desánimo o de la impotencia ante un mundo que puede parecemos que no tiene mucho futuro, o ante una comunidad eclesial poco viva y creativa, o ante personas determinadas -nuestra comunidad cristiana, o nosotros mismos- que pueden presentar síntomas de cansancio y hasta de muerte.

Los tres evangelios «bautismales» de estos domingos parece como si quisieran presentarnos los diversos estados deficitarios de la humanidad: la situación problemática de la mujer samaritana, una persona con sed, y no sólo de agua; la situación lastimosa del ciego de nacimiento, condenado a una oscuridad total y perpetua; y ahora la situación de Lázaro, todavía más radical: la muerte. Un sepulcro es la imagen más clara de la no-vida, y no favorece precisamente la esperanza.

Pero Dios nos invita a la esperanza. Por medio de Ezequiel, de Pablo y, sobre todo, de Cristo Jesús. En Ezequiel, hoy hemos escuchado palabras muy esperanzadoras: «abriré sus sepulcros… les infundiré mi espíritu y vivirán». Dios es Dios de vida. Sus planes no son de muerte, sino de vida.

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS   

Te damos gracias, Padre, por la vida que poseemos,

por los dones que de Ti hemos recibido, por el don inapreciable de la fe.

Si Tú nos acompañas a lo largo de la vida,

¿cómo van os a perdernos en al muerte? Si tu presencia plenifica nuestro ser,

¿cómo vamos a hundirnos en la nada?

Te damos gracias, Padre, por habernos dado,

con tu Hijo Jesús resucitado, un sentido a nuestra vida.

Queremos encomendarte a nuestros difuntos, porque sabemos que eres fiel

y vuelves a dar la vida a los que amas. Amén.

La primavera ve brotar con nuevo brío la vegetación. Estamos a punto de entrar en la Pascua, que es vida nueva para Cristo y para nosotros. La Pascua de este año debería ser

una primavera espiritual en la que estemos todos sumergidos, después de un invierno crudo por el grave daño de la pandemia que estamos sufriendo.

Dios quiere ayudarnos a pasar a una vida más abundante en cada Eucaristía. Y, de un modo especial, en la Pascua próxima, que, por razones que sólo Dios conoce, no podremos celebrar publicamente.

El mensaje de este Domingo es en verdad esperanzador. Para Israel, para Lázaro. para nosotros. Eso significa la Pascua. Eso significa el Bautismo, que nos sumergió ya desde el principio, con Cristo, en su muerte y en su vida.

 Nosotros, que creemos en Cristo resucitado, no podemos vivir sin esperanza. No hay tumba que se resista a ese Espíritu vivificador que está dispuesto a repetir el portento de la Pascua con nosotros. Tendremos que oír la voz imperiosa de Jesús: «sal fuera».

 Relación con la Eucaristía

 La Eucaristía es semilla, anticipo y garantía de vida. El Señor Resucitado, que ya está en la escatología, en la vida definitiva, se apodera de ese pan y ese vino que traemos en el ofertorio al altar, y entonces, identificado radicalmente con esos dos elementos, se nos da a nosotros, y así nos comunica así su vida escatológica.

Por eso nos dijo, según Juan, en su «discurso del Pan de vida»: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida… yo lo resucitaré el último día… Como yo vivo por el Padre, así el que me coma vivirá por mí».

Algunas preguntas para pensar durante la semana 

  1. ¿Se va a notar en nosotros, en nuestras personas y en nuestras comunidades, una vida más floreciente, más pascual?
  2. ¿Se va a notar que el Espíritu del Resucitado nos comunica su energía, su novedad, su libertad, su alegría, su vida?
  3. ¿O seguiremos igual de perezosos, o conformistas, O instalados en una estéril mediocridad?
  4. ¿O, peor aún, encerrados en el sepulcro sin darnos cuenta nosotros mismos que estamos muertos?
  5. ¿De qué manera práctica soy consecuente con mi convicción cristiana sobre la resurrección de los muertos?
  6. Piense en casos en que usted «ha muerto» a algo a fin de hacerse

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