SOLEMNIDAD DE CORPUS CHRISTI

Ambientación:

La vida está estrechamente unida al alimento. Es nuestra propia experiencia y nos duele contemplar el drama del hambre en el mundo. A todo lo largo de la historia Dios ha estado atento a esta necesidad básica del alimento material de todos los seres llamados por él a la vida. Dios ha querido que, usando de la creación, y mediante su trabajo, el hombre se procure lo necesario para satisfacer sus necesidades y las de sus hermanos.

Pero el hombre necesita, además, para llenar su plena vocación, otro alimento. Ante él se abre el mundo del espíritu que debe nutrirse del conocimiento y del afecto. Tiene a su servicio la palabra y el amor. Y además, puesto que Dios lo ha llamado a su amistad y le ha abierto el acceso a su misterio, tiene necesidad de un alimento divino: él le ha dado su Espíritu.

Este domingo, al igual que otros muchos, nos reunimos para celebrar la Eucaristía y escuchar la Palabra de Dios. Pero hoy lo hacemos en un día sumamente especial, porque celebramos la festividad del «Corpus Christi», «El Cuerpo y la Sangre del Señor». Ha arraigado hondamente en el Pueblo cristiano, desde que nació en el siglo XIII. Esta solemnidad es la festividad del Sacramento de la Eucaristía, la festividad de la presencia real del Señor en un poco de pan y de vino, tal como el Él lo anunció y mandó que hiciéramos.

  1. PREPARACIÓN: ¿invocación al ESPÍRITU SANTO?        

 Espíritu Santo,

ven a abrirnos la mente

y el corazón para que, acercándonos a escuchar la Palabra de Dios,

nos dispongamos a acoger y aprovechar el don maravilloso de la Eucaristía;

y a descubrir y reconocer la presencia salvadora del señor Jesús,

en un pedazo de pan y en un poco de vino. Amén.

  1. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto? 

Dt. 8, 2-3.14b-16: «Te alimentó con el maná que tú no conocías»

 Las lecturas que hemos escuchado nos han hablado de esta realidad humana. El Deuteronomio recuerda al Pueblo que ha recorrido, por espacio de cuarenta años, las pruebas del desierto, tierra inhóspita y árida, sin cultivos: hambre, sed, serpientes, de las que Dios libró a Israel por medio de su Palabra, expresada en los signos de su protección: el maná, el agua de la roca, las codornices, la nube, la serpiente de bronce. Todo esto se recuerda para exhortar y urgir el cumplimiento de la Ley. En el libro del Deuteronomio se busca una reeducación en la fe del Pueblo elegido.

Allí el hombre encontró lo necesario: el maná, alimento diario para el camino; la palabra: don de Dios que vino a dar sentido a su marcha desde la esclavitud hasta la libertad; el amor de Dios, tierno y paternal, hacia ese Pueblo no siempre atento y obediente. No todo fue fácil. Ese Pueblo debió luchar, clamar, pedir con urgencia alimento y agua. Sintió la angustia del hambre y de la sed Y allí estuvo Dios, mediante el servicio de su siervo Moisés, para responder a esas urgencias.

Moisés recuerda a su pueblo, cuando va a entrar en la Tierra Prometida, los muchos dones que Dios les ha hecho, no sólo liberándolos de Egipto, sino ayudándoles a lo largo de su largo peregrinaje por el desierto, sobre todo en cuanto a la bebida y la comida: «no te olvides del Señor tu Dios, que te sacó de Egipto… que sacó agua para ti de una roca… que te alimentó en el desierto con el maná».

A través de esa experiencia el Pueblo fue descubriendo la hondura de su vocación y de su necesidad. No todo se quedaba en el plano de las necesidades cotidianas. No sólo de pan vive el hombre, le dijo el Señor. El llamado de Dios lo conducía a destinos que superaban su precariedad. Ese maná y esa agua, esa palabra y esa solicitud amorosa le hablaron de la preocupación de Dios para con él, y de los designios divinos que iban mucho más allá de su mismo tiempo.

El Escritor sagrado del Deuteronomio profundiza sobre los hechos de la peregrinación del Desierto. Y encuentra en ellos unas enseñanzas para la vida: una muestra evidente de la amorosa Providencia de Dios fue el prodigio del «maná» (v. 3). El maná era el alimento cotidiano, la mesa que el Padre disponía a sus hijos. Al comer aquel alimento milagroso entendían claro cómo cuidaba de ellos su Padre del cielo y cómo debían ellos serle fieles. Aprendían que muy superior al pan que alimenta la vida corporal es el pan de la Palabra de Dios, su Voluntad (v. 3). Jesús recordará a sus Apóstoles cómo es éste su alimento (Jn. 4, 34).

Este «maná», signo y figura preciosa del que a nosotros nos alimenta, el Pan Eucarístico, queda así ponderado y explicado por el Sabio: «Alimentaste a tu pueblo con pan de ángeles; y les proporcionaste del cielo, sin fatiga, pan apropiado que poseía todo sabor, y amoldado a todo paladar. Este alimento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura; y amoldándose al deseo del que se presentaba, se cambiaba según el gusto que cada uno quería. Para que aprendieran tus hijos a quienes amaste, Señor, que no son las diversas especies de frutos las que alimentan al hombre, sino que es tu Palabra quien guarda a los que confían en Ti» (Sab. 16, 20.26).

Si tal pudo decirse del maná, ¿qué diremos del Pan que a nosotros nos alimenta? Nuestro Pan sí que de verdad es la «Palabra» de Dios: el Verbo de Dios hecho carne. De El nos alimentamos los que ahora en la Nueva Alianza formamos el Pueblo de Dios peregrinante.

Sal.147(146): «Te sacia con flor de harina…»

 El salmo es de agradecimiento y recuerda algunos de los favores de Dios a su Pueblo:

«glorifica al Señor, Jerusalén… te sacia con flor de harina… con ninguna nación obró así»

1Co. 10, 16-17: «Aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo»

 En dos versículos de la primera carta a los Corintios, se resume un aspecto fundamental de la Eucaristía: el sacramento del cuerpo y sangre del Señor crea y realiza constantemente a la Iglesia, Cuerpo de Cristo. Mediante la comunión del Pan y del Cáliz, que es comunión con el cuerpo y la sangre del Señor, constituimos con El un todo, un solo cuerpo. Por esta unión de cada cristiano con Cristo se hace realidad la comunión de cada uno con todos en el Cuerpo de Cristo, que es la comunidad eclesial.

Una de las consultas que los Corintios le hicieron a Pablo fue si en las fiestas de dioses paganos podían acudir, como antes de su conversión, a los banquetes gratuitos que en su honor se organizaban. Pablo, que en otros aspectos es muy liberal (pueden aceptar carne en casa de amigos o comprarla en las tiendas sin mirar si ha sido sacrificado o no a ídolos), en este caso se pone intransigente. No pueden acudir a esos banquetes porque supondría adorar a esos dioses.

San Pablo expone a los corintios los valores de la Eucaristía: Sacramento-Sacrificio,

Sacramento-Banquete, Sacramento-Presencia de Cristo.

«El cáliz que consagramos y el pan que partimos» son nuestro Banquete Sagrado. El banquete sagrado completaba siempre el sacrificio de una víctima. La Eucaristía es el Sacrificio de Cristo que místicamente se inmola por nosotros y se nos entrega en comida. Bebemos el cáliz y comemos el pan de la Eucaristía; y con esto entramos en comunión con Cristo (v. 16). Y formamos con El un único Cuerpo. Comulgar sin caridad es sacrilegio contra Cristo y contra su Cuerpo Místico.

Por otra parte, Pablo destaca cómo este Sacramento, al unirnos con Cristo, nos une a todos en comunión (v. 17).

Jn. 6, 51-59: «Yo soy el Pan Vivo, bajado del cielo»

EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN

 R/. Gloria a Ti, Señor.

51 Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar es mi carne por la vida del mundo».

52 Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne53 Jesús les dijo: «En verdad, en verdad no tienen vida en ustedes.

54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. 57 Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. 58 Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre».

59 Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaún.

Palabra del Señor.

R/. Gloria a Ti, Señor Jesús.

Re-leamos el texto para interiorizarlo

 a)Contexto: Jn. 6, 22-71 = Discurso del pan de Vida

 En el Evangelio, proclamamos la última parte del discurso sobre el pan de vida. Jesús es pan como Palabra de Dios y como víctima sacrificada, que es la idea que prevalece en esta lectura. Jesús emplea un realismo para tratar el tema, que provoca el escándalo en los oyentes.

El Discurso de Jesús en que se proclama «Pan de Vida» tiene su mejor clima en la Fiesta de Corpus.

El discurso del Pan de Vida (Jn. 6, 22-71) es una secuencia de siete breves diálogos entre Jesús y las personas que se encuentran con Él después de la multiplicación de los panes. Jesús trata de abrir los ojos de la gente, haciéndoles entender que no basta luchar por el pan material. La lucha cotidiana por el pan material no llega a la raíz, si no va acompañada de una mística. ¡No sólo de pan vive el hombre! (Dt. 8,3).

Los siete breves diálogos son una catequesis muy bella que explica a la gente el significado profundo de la multiplicación de los panes y de la Eucaristía. A lo largo de todo el diálogo aparecen las exigencias que el vivir desde la fe en Jesús traza para nuestra vida. La gente reacciona. Queda asombrada por las palabras de Jesús. Pero Jesús no cede, no cambia sus exigencias. Por esto, muchos lo abandonan. Hoy sucede también la misma cosa: cuando el evangelio comienza a ser un serio compromiso, mucha gente lo abandona. En la medida en que el discurso de Jesús avanza, menos gente va quedando a su alrededor. Al final quedan solo los doce y Jesús ¡ni siquiera puede confiar en ellos!

Ésta es la secuencia de los siete diálogos que componen el discurso del Pan de Vida:

1º) vv. 22-27:  La gente busca a Jesús porque quiere más pan  2º) vv. 28-33: Jesús pide a la gente trabajar por el verdadero pan 3º) vv. 34-40: El pan verdadero es hacer la voluntad de Dios

4º) vv. 41-50: Quien se abre a Dios acepta a Jesús y su propuesta 5º) vv. 51-59: Carne y sangre. Expresión de la vida y del don total 6º) vv. 60-66: Sin la luz del Espíritu no se entienden estas palabras 7º) vv. 67-71: Confesión de Pedro

b)  Texto:

Podemos estructurar este fragmento evangélico en 3 partes:

a) Una introducción, en la que se presenta el tema que desarrolla Jesús en esta parte del discurso, esto es, la identificación del pan vivo con la carne de Jesús (v. 51);

b) La reacción de su auditorio, que muestra su extrañeza (v. 52);

c) La respuesta de Jesús, que desarrolla el tema ( 53-58).

La frase «El que coma/come de este pan vivirá para siempre» forma una inclusión que abre y cierra el texto (vv. 51.58) y el hilo conductor del texto es comer/beber la carne/sangre de Jesús. De fondo, aparece a nueva vida (eterna) ofrecida por Jesús a los miembros de la Comunidad reunida en torno a la Eucaristía.

c) Comentario:

V.51:

No sólo es Jesús el pan de vida (que imparte y mantiene la vida: vv. 35.48) sino que lo es porque es el «pan vivo» (cfr. Jn. 4:10), que contiene en sí la fuente de vida (cfr. Jn. 5, 26): «Yo mismo soy el pan vivo (ἐγώ εἰμι ὁ ἄρηος ὁ ζῶν = ego eimi o artos o son = literalmente, el pan «que vive») que descendió del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre» (ζήζει εἰς ηὸν αἰῶνα = zesei eis aiona).

El Pan, es alimento, y es necesario para la vida. Pero Jesús hace una comparación con el pan que alimenta momentáneamente (cfr. v. 49) y el pan que alimenta para siempre, para la vida eterna

Hasta ahora Jesús ha venido subrayando el hecho de que Él mismo, y no el maná, es el verdadero pan del cielo. Ahora agrega otra definición del término pan, mostrando en qué sentido Él es el pan: «Y el pan que yo daré por la vida del mundo es «mi carne» (ἡ σάπξ μού = e sarx mu: v. 51b). Aquí Jesús habla del Pan y lo relaciona con su propia carne. Esta afirmación de Jesús es la cima de la revelación sobre Jesús-Pan– limento. Jesús en su Humanidad, se entrega sacrificialmente, por la salvación del mundo entero, en la muerte en cruz. Por eso Él siempre dice «dar su vida» (cfr. Jn. 10, 17) «dar su carne» y lo hace para que todos tengan vida.

Esta parte del texto, se vuelve más sacrificial, y en el contexto de la tradición de la Iglesia, se vuelve más eucarístico. El sacrificio de Jesús, a través de la Pascua, nos ayuda a poder entender este texto. Es su entrega como el único sacrificio agradable al Padre, unido al memorial de la última cena, en que toma sentido este texto.

Lo que Jesús quiere decir aquí es que va a darse a sí mismo en sacrificio vicario por el pecado; que entregará su naturaleza humana a la muerte en la cruz. El Padre dio al Hijo; el Hijo se da a sí mismo (cfr. Jn. 10:18; Gál. 2,20; Ef. 5,2). Adviértase: «el pan que yo mismo—en cuanto distinto del Padre—daré». El tiempo futuro -“daré” (δώσω = futoro de didwmi)- indica con claridad que el Señor piensa en un acto concreto; a saber, su sacrificio expiatorio en la cruz, el cual, a su vez, representa y culmina su humillación durante toda su permanencia en la tierra.

Esto, y sólo esto, quiere decir cuando se llama a sí mismo «carne». Las palabras son muy claras: «Y el pan que les daré es mi carne». Creer en Cristo significa aceptar (apropiarse y asimilar) a Cristo como El Crucificado-Resucitado.

Es nuestro Pan vivificante: como Palabra de Dios, como Víctima y Redentor y como «Sacramento» en que nos va a dejar su carne y su sangre para alimento y vida de todos los redimidos.

Se debe «comer» (υάγῃ = fage; es subjuntivo aotisto activo, del verbo ἐσθίω) este pan, no sólo gustarlo (γεύω: cfr. Hbr. 6,4.5). «Comer» a Cristo, como pan de vida, significa aceptarlo, apropiárselo, asimilarlo -en otras palabras, creer en él (6:47: ὁ πιστεύων: el que cree)-, de modo que comience a vivir en nosotros, y nosotros en él. El que lo hace, «vivirá para siempre».

Este pan se da «por (ὑπὲρ = en favor de) la vida del mundo (ηῆς ηοῦ κόσμος ζωῆρ). Su propósito es, en consecuencia, que el mundo pueda recibir vida eterna. Los conceptos «vida» y «mundo» se emplean aquí como en Jn. 3, 16. Tal como aquí se usa, el término «mundo» (κόσμοj) significa la Humanidad que, aunque cargada de pecado, sujeta al juicio, y necesitada de salvación, sigue siendo objeto del cuidado de Dios. La imagen de Dios se refleja todavía, hasta cierto punto, en los hijos de los hombres. La Humanidad es como un espejo. Originalmente este espejo era muy hermoso, una obra de arte. Pero, por pura responsabilidad del ser humano, ha quedado horriblemente manchado. Su creador, no obstante, aún reconoce su propia obra.

v. 52: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»

Los judíos reaccionan: Ellos no entendían estas palabras de Jesús, porque el respeto profundo a la vida exigía que desde los tiempos del Antiguo Testamento estuviese prohibido beber sangre, porque la sangre era señal de vida (Dt. 12,16.23; Hch. 15.29). Además, estaba cerca la Pascua y dentro de pocos días todos habrían comido la carne y la sangre del Cordero Pascual en la celebración de la noche de Pascua. Tomaron literalmente la palabra de Jesús, por esto no entendían.

La solución será la carne de Cristo glorificada. Nos dará Jesús su carne hecha

«Espíritu vivificante» (1Co.  15, 45).  La comida (manducación)  es,  sí,  real,  pero espiritual. Lo comemos y lo asimilamos con la fe y con el Sacramento. El Verbo divino ya glorificado en su naturaleza humana (carne) es el vehículo por el que nos llega la vida divina. Es de verdad nuestro Rey.

Jesús intenta elevar a su zona -la espiritual- a sus oyentes. Estos, siempre a ras de tierra al principio, piensan sólo en pan material («danos siempre de ese pan»:v. 34) y luego en un canibalismo repugnante (vv. 52. 60).

Los judíos han llegado a la conclusión correcta: lo que Jesús quería es que los hombres comieran su carne. Jesús da su carne con este propósito. Sin embargo, como ocurrió otras veces (cfr. Jn. 2,19-20; 3, 4), también ocurre ahora. Los judíos interpretan las palabras de Jesús en forma literal, como si el Señor hubiera querido que, de una forma u otra, los hombres consumieran su cuerpo físico. Pero ¿cómo? Para algunos esto debe haber parecido una cosa totalmente imposible. Otros probablemente trataron de mostrar qué sentido, siempre físico, Jesús pudo haber querido dar a sus palabras. Ninguna de las respuestas parecía satisfactoria.

Cuanto más discutían, tanto más imposible les parecía todo. Por esto leemos:

«Discutían entre sí los judíos y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?»». Este «¿cómo puede?» (πῶς δύναηαι = pos dynatai) nos recuerda Jn. 3:4.9; 4, 11.12; y 6, 42. La incredulidad nunca comprende los Misterios de la salvación. Además, está siempre dispuesta a la burla, y a decir, «Esto o aquello es totalmente imposible». Sin embargo, no hay que culpar a los judíos que aparecen aquí, sin entender el mensaje de Jesús. Realmente sólo después de la experiencia Pascual, es cuando todo lo dicho por el Señor toma otra dimensión.

V.53-56:

En su respuesta Jesús no trata de mitigar sus afirmaciones anteriores. Las fortalece, de forma que lo que al principio parecía imposible, ahora parece absurdo. Si antes había afirmado el Señor que «el que crea en Mí tendrá vida», acerca de la necesidad de comer su carne, ahora dice explícitamente: «el que come mi Carne y bebe mi Sangre tiene vida eterna»:  a la Fe  le  sigue  el  Sacramento.  Pero sigue describiendo los «efectos» que va a producir en sus creyentes este «comer y beber» eucarísticos. Dice, ante todo, que «el que come mi carne y bebe mi sangre «permanece» (μένει: presente indicativo activo del verbo μένw = permanecer) en mí y yo en él»: hay una «interpermanencia» entre Cristo y el que le come con fe, como la unión íntima que más adelante, en el capítulo 15, describirá entre la cepa de la vid y los sarmientos.

Comer la carne de Jesús significaba aceptar a Jesús como el nuevo Cordero Pascual, y que su sangre les hubiera liberado de la esclavitud. Beber la sangre de Jesús significaba asimilar la misma manera de vivir que ha tenido la vida de Jesús.

A los judíos les resultaba muy repulsivo el beber sangre (cfr. cf. Gn. 9,4; Lv. 3,17; 17,10.12.14). Sin embargo, si hubieran conocido a fondo las Escrituras, también habrían reconocido el simbolismo que Jesús utilizó. Habrían sabido que la sangre (ηὸ αἷμα), vista como «sede de vida», representa al alma.

El lenguaje de Lv. 17,11 es muy claro a este respecto: «Porque la vida (el alma) de toda carne es su sangre y yo se la he dado para hacer expiación sobre el altar con sus vidas; pues la expiación por la vida se hace con la sangre». Es evidente, por tanto, que cuando Jesús habla acerca del «comer su carne y beber su sangre», no puede referirse a ningún comer y beber físico. Debe querer decir: «El que acepta, se apropia y asimila mi sacrificio vicario como el único fundamento de su salvación, permanece en mí y yo en él».

Así como se ofrecen y aceptan comida y bebida, así también el sacrificio de Cristo es ofrecido a los creyentes y aceptados por ellos. Pero el signo externo sacramento») de esa aceptación, apropiación y asimilación del Sacrificio Redentor de Cristo es el acto, también externo, de «comer y beber» los signos sacramentales de su Cuerpo y de su Sangre, «Pan y Vino» eucarísticos, es decir, consagrados.

v. 57: «Así como mi Padre vive y yo vivo por mi Padre, así el que me come vivirá por mí»

Jesús todavía hace esta otra afirmación más sorprendente. Este versículo 57 indica claramente que la expresión «comer mi carne y beber mi sangre» significa «comerme a mí» (ὁ ηρώγων με = «el que me come»). Lo que se indica es, pues, un acto de apropiación y comunión personales (cfr. también Jn. 6,35 que muestra que «venir a mí» (ὁ ἐρχόμενος ππὸρ ἐμὲ = «el que viene a mí») significa «creer en mí» (καὶ ὁ πιστεύων εἰρ ἐμὲ =

«el que cree en mí»). Jesús mismo es el alimento que nos une al Padre.

Curiosamente, al revés de los alimentos normales que tomamos, de los que extraemos las sustancias nutritivas y los transformamos en nuestra vida, la Eucaristía nos ofrece la vida del que comemos: San Pablo dijo «Cristo vive en mi» (Gál. 2, 20a). Nos transformamos en Aquel que nos alimenta y nos unimos así al Padre del cielo.

V.58: «Este es el pan que descendió del cielo; no como el que comieron sus padres, y murieron; el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Finalmente, este nuevo pan, es totalmente completo, no como el maná que comieron los israelitas en el desierto y murieron: «El que come de este pan, vivirá para siempre». El «maná» del Desierto era sólo signo y figura. Prefiguraba el de verdad «Pan del cielo» que Jesús, Nuevo Moisés, daría al Pueblo de la Nueva Alianza como viático de peregrinación: Moisés, como agente de Dios, se limitó a dar instrucciones al pueblo sobre la manera en que se debía recoger el maná (cfr. Ex. 16. 1). El verdadero dador es siempre el Padre en los cielos. Aún al considerar a Moisés como dador, sigue siendo cierto que él no dio el verdadero pan del cielo.

El maná era un tipo, una imagen, una figura… No era el verdadero pan. «El Padre da el verdadero pan del cielo». Este pan verdadero es Cristo, que no es una figura sino la realidad. El maná, que descendía del cielo visible, proveía alimento. Lo que el verdadero Pan de vida, Jesús, ofrece es vida.

Este es el pan verdadero, la fuente genuina de vida y alimento espiritual, el que no tiene su origen en esta esfera terrenal, sino que procede del cielo. Y este pan es mucho mejor que la simple sombra y símbolo -a saber, el maná del desierto- que comieron sus padres, pero que no los mantenía vivos en ningún sentido, ni siquiera físicamente, porque murieron. El que me asimila espiritualmente como el pan verdadero de vida, vivirá para siempre.

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE la PALABRA?

¿Qué me dice el Señor a mí en el texto?

Ahora no se trata sólo de recibir en la vida la Palabra reveladora de Jesús, sino de hacer un lugar en la propia vida al Misterio de su Persona, que quiere alimentarnos. Jesús es «Pan de vida», no solamente en todo lo que Él hace, sino especialmente en su Iglesia, en el sacramento de la Eucaristía, donde el ámbito comunitario de la unidad de los creyentes, también lo es con Cristo.

Mejorar la celebración y mejorar el culto.

La fiesta de hoy nos invita a hacer un esfuerzo por mejorar nuestra Eucaristía en sus dos vertientes, que son dos aspectos del mismo misterio.

  1. Ante todo, mejorar la misma celebración de la Misa, como signo de nuestro aprecio del Sacramento que nos dejó el Señor. Este compromiso de ir mejorando nuestras celebraciones lo debemos recordar a lo largo de todo el año. Pero hoy, de un modo particular, por ejemplo, realizando mejor el gesto de la paz y la fracción del pan, para significar la
  2. También es conveniente que reflexionemos si prestamos suficiente atención al culto eucarístico fuera de la celebración. En circunstancias normales –sin las restricciones de la pandemia– seguramente, hacemos algún acto especial de adoración, prolongando la Eucaristía con una procesión más o menos solemne, o bien con unos momentos de meditación y alabanza antes de la

Este culto -respeto y adoración expresiva- deberíamos cuidarlo siempre: la dignidad del sagrario (que no es una «bodega» para acumular Hostias consagradas, sino para guardar sólo la «reserva» del Santísimo Sacramento), la lámpara encendida, la genuflexión cuando al principio y al final de la celebración pasamos ante él (pues, no estamos pasando ante una simple imagen), los momentos personales de oración o «visita» ante el Señor en la Eucaristía, la organización de la «bendición con el Santísimo» con una «exposición» más o menos prolongada y solemne para la adoración comunitaria.

La fiesta de «Corpus Christi» nos habla de la manifestación del Señor, pero no solamente en las procesiones por las calles de nuestras ciudades y pueblos (que está muy bien hacerlo), sino en nuestra manera de vivir, que debe ser signo de fraternidad, de unidad, de caridad.

María, mujer eucarística

«Si queremos descubrir en toda su riqueza la relación íntima que une Iglesia y Eucaristía, no podemos olvidar a María, Madre y modelo de la Iglesia… Efectivamente, María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él… En cierto sentido, María ha practicado su fe eucarística antes incluso de que ésta fuera instituida, por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios… Hay, pues, una analogía profunda entre el fiat pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor. A María se le pidió creer que quien concibió «por obra del Espíritu Santo» era el «Hijo de Dios» (cf. Lc 1, 30.35). En continuidad con la fe de la Virgen, en el Misterio eucarístico se nos pide creer que el mismo Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se hace presente con todo su ser humano-divino en las especies del pan y del vino» (S. JUAN PABLO II: Enc. Ecclesia de Eucharistia, nn. 53-55) 

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

Junto con toda la Iglesia, recitemos este antiguo himno, que en el original latino se dice

«Adoro te devote»: «Te Adoro con Devoción»

Te adoro con devoción, Dios escondido, oculto verdaderamente bajo estas apariencias. A ti se somete mi corazón por completo,

y se rinde totalmente al contemplarte.

Al juzgar de ti se equivocan la vista, el tacto, el gusto, pero basta con el oído para creer con firmeza;

creo todo lo que ha dicho el Hijo de Dios;

nada es más verdadero que esta palabra de verdad.

En la cruz se escondía sólo la divinidad,

pero aquí también se esconde la Humanidad; creo y confieso ambas cosas, y pido lo que pidió el ladrón arrepentido.

No veo las llagas como las vio Tomás, pero confieso que eres mi Dios;

haz que yo crea más y más en ti, que en ti espere, y que te amé.

¡Oh memorial de la muerte del Señor! Pan vivo que das vida al hombre; concede a mi alma que de ti viva,

y que siempre saboree tu dulzura.

Señor Jesús, bondadoso pelícano, límpiame, a mí, inmundo, con tu sangre, de la que una sola gota puede liberar de todos los crímenes al mundo entero.

Jesús, a quien ahora veo oculto,

te ruego que se cumpla lo que tanto ansío: que, al mirar tu rostro ya no oculto,

sea yo feliz viendo tu gloria. Amén.

5. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE LA PALABRA?

¿A qué me comprometo para demostrar el cambio?

¿Cómo me apropio en mi vida las enseñanzas del texto? Para el momento de la contemplación podemos repetir varias veces este versículo del Evangelio para que vaya entrando a nuestra vida, a nuestro corazón: «Quien come  este  pan  vivirá  siempre» (v. 58). Y de esta forma nos ponemos en contemplación, repitiendo y agradeciendo a Jesús que venga.

Debe haber un cambio notable en mi vida. Si no cambio, entonces, pues no soy un verdadero cristiano.

Personalmente: me propongo profundizar en la lectura del texto. ¿Qué cambiará en mi vida? Te proponemos participar con mucha profundidad de una Celebración Eucarística. Y tal vez, pueda invitar a alguna persona que, aun conociendo al Señor, esté pasando por un momento difícil y necesite de un aliento para ir a orar contigo y alimentarse del Señor.

En la Familia o en la Comunidad: reconocer cuáles son los impedimentos que tenemos y que ponemos para participar en la Celebración Eucarística dominical. Pues muchos son católicos, pero no van a la Celebración comunitaria. Demostremos, con la práctica convencida, que somos creyentes de verdad.

Contemplemos con San Juan Eudes: (1601-1680 dC)

«Exponer el Santísimo Sacramento en nuestro templo es invitar al Rey de reyes a venir a nuestra casa y a tomar su alimento con nosotros. Recibámoslo de la manera más honrosa, preparémosle el mejor de los festines e invitemos a todos a venir a celebrar con nosotros. Los manjares de este banquete son nuestras adoraciones y acciones de gracias. Y el Rey de la gloria, presente en este sacramento de amor y bondad, escuchará nuestra voz y nos colmará de sus favores con liberalidad maravillosa…

Jesús Eucaristía, estás presente para ofrecernos tu gracia y tu amor. Estamos dispuestos a recibirlos, aunque indignos de hacerlo. Quieres igualmente recibir nuestros homenajes. Te damos gracias especialmente por haber instituido en tu Iglesia este sacramento admirable de la Eucaristía. Te pedimos perdón por nuestros pecados, ingratitudes e infidelidades, y por todos los ultrajes que has recibido en este sacramento de tu amor.

(San Juan Eudes, Obras Completas, 3, 413-420)

Algunas preguntas para pensar durante la semana

1. ¿Tenemos hoy menos capacidad de asombro y admiración?

2 ¿Comprendemos de verdad la eucaristía, los sacramentos?

3. ¿Qué significa comulgar?

4 ¿Cómo es nuestra participación eucarística? 5 ¿A qué nos obliga la comunión?

 

P. Carlos Pabón Cárdenas, CJM

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