SOLEMNIDAD DE PENTECOSTES

Ambientación:

Nos reunimos para celebrar la Eucaristía en el Domingo de Pentecostés, el misterio del Espíritu Santo presente en la Iglesia y en nosotros. Durante todos estos Domingos pasados hemos estado recordando y celebrando el gran triunfo de Cristo por su Resurrección.

Ahora comenzamos a celebrar la Misión de la Iglesia, estimulada y fortalecida por la acción del Espíritu Santo. La fiesta de Pentecostés es como la plenitud y la madurez de la Pascua. El Cirio Pascual, símbolo de la presencia de Jesús entre nosotros por su resurrección, queda apagado hoy para dar paso a la acción de la Iglesia por la fuerza del Espíritu.

Si el Espíritu resucitó a Jesús, ahora despierta y llena de vida a la Comunidad cristiana y la empuja a desarrollar su misión con valor y fuerza apostólica. La Comunidad cristiana, que ha estado callada, silenciosa, se lanza a proclamar la resurrección de Jesús y su mensaje salvador a voz en grito en todas direcciones por la fuerza del Espíritu.

1. PREPARACIÓN: Petición del don del ESPÍRITU SANTO

Ven, Señor y Dador de vida, e infunde en nosotros
tu ternura y amor comprensivo para con todos los que vivimos con demasiados miedos, dudas y vacilaciones.

Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo.

Reparte tus siete dones según la fe de tus siervos. Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito; salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.

Amén.

2. LECTURA: ¿QUÉ DICE el texto?

Hch 2,1-11: «Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar»

El relato de los Hechos de los Apóstoles sobre la venida del Espíritu Santo nos da muchas indicaciones para entender mejor el papel del Espíritu en la Iglesia y en la sociedad.

Para comenzar, el Espíritu Santo es el que realiza la unidad y la fraternidad en el género humano. Esto está simbolizado en el texto por los varios pueblos y lenguas que entendían la única lengua hablada por los Apóstoles.

Los discípulos reunidos «con un mismo propósito» y el Espíritu los pone al servicio del propósito de Dios: hacer de todos los pueblos dispersos una humanidad concorde y unánime.

Sal. 104(103): «Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la paz de la tierra»

El salmo 104(103) canta la grandeza de Dios en la naturaleza: en lo grandioso y en lo sencillo. «Es un himno a Dios por la creación, no de la creación» (dice el P. Schokel). Aquí las creaturas no están invitadas a bendecir, a alabar al Señor como en el salmo precedente (103(102), 20-22). En este salmo las creaturas están llenas de Dios y lo revelan.

En este salmo todo está en movimiento. Dios crea el mundo como un arquitecto. Como un padre de familia, extiende la lona que cubre la tienda de campaña. Como un jefe de un ejército, increpa a las aguas y éstas se retiran. Como un sabio agricultor, abre acequias para que las aguas rieguen los campos y den de beber a los animales. Como un padre de familia distribuye sus bienes y sus dádivas.

La intención del salmista es clara: que todo el mundo quede abierto a Dios y que el hombre pase de la admiración a la adoración.

En este salmo todo está en movimiento. Dios crea el mundo como un arquitecto. Como un padre de familia, extiende la lona que cubre la tienda de campaña. Como un jefe de un ejército, increpa a las aguas y éstas se retiran. Como un sabio agricultor, abre acequias para que las aguas rieguen los campos y den de beber a los animales. Como un padre de familia distribuye sus bienes y sus dádivas.

La intención del salmista es clara: que todo el mundo quede abierto a Dios y que el hombre pase de la admiración a la adoración.

1Co 12, 3b-7.12-13: «Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu»

San Pablo vuelve sobre la misma idea: el Espíritu Santo que une a los miembros de la Iglesia en un cuerpo y establece la necesidad del Espíritu para la vida personal de fe y para la convivencia eclesial en el amor.

Pero por cuanto el Espíritu es en alto grado Espíritu de renovación y creatividad, el Cuerpo de la Iglesia no es uniforme, sino que sus miembros están llenos de diferentes vocaciones, gracias y cualidades. Esto es también don del Espíritu, que hace converger todas estas gracias para el bien común.

EVANGELIO DE JESUCRISTO SEGÚN SAN JUAN

Jn. 20,19-23: «Reciban el Espíritu Santo» 

19 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con ustedes20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. 21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con ustedes. Como el Padre me envió, también Yo los envío». 22 Dicho esto, sopló y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo. 23 A quienes perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». 

Re-leamos el texto para interiorizarlo

a.Contexto: Jn. 20 – 21: El día de la Resurrección y Epílogo

Jn. 20, 1-18. [19-23] – 21,25.

Estamos ante el primer final del evangelio de Juan. Antes de nuestro texto, el evangelio ha relatado la escena del sepulcro vacío (Jn 20,1-10) y la aparición de Jesús a María Magdalena (20,11-18). Después, se nos relatará la reacción de Tomás (20,24-29), la aparición de Jesús en el lago de Tiberíades (21,1-23) y el segundo final del evangelio, que concluye con una impresionante hipérbole acerca de las acciones del Resucitado, que abre para el creyente la puerta de una relación abierta e interminable con Jesús, Señor de la Vida (21,24-25).

El trasfondo de nuestro texto es el siguiente: En el día de la Pascua, el Cristo resucitado se les había aparecido a María Magdalena (vv. 1-2.11-18), a las otras mujeres, a Pedro y a los discípulos, sin Tomás (vv. 19-25) y luego a los discípulos con Tomás (vv. 26-31).

Se había oído informes sobre la tumba vacía, sobre el mensaje de los ángeles y sobre las apariciones del Señor. Los que estaban reunidos en esta noche habían difundido la noticia y ahora estaban hablando de esos acontecimientos.

b)  Comentario:

 Debemos atender todos los detalles posibles. Fijarnos en los movimientos y transformaciones del texto: del miedo al «se alegraron», de «estando las puertas cerradas»” al «yo los envió»”. La insistencia en el «paz a ustedes» y el regalo del Espíritu

 v. 19:

En este texto evangélico la acción se sitúa en «el primer día de la semana», nombre clásico para indicar el día de la Resurrección, el Domingo; el día por excelencia de la Asamblea Cristiana.

Caída la tarde del día de pascua, mientras el temor acorrala a los discípulos, la única barrera que los protege de los agentes de muerte son apenas unas puertas cerradas. Sin embargo, era el día primero de la nueva creación, ya había amanecido (cf. Jn. 20,1) y la luz del Señor resucitado resplandecía sobre el mundo.

Pero los discípulos aún no habían tenido experiencia de ese nuevo amanecer. Jesús se hizo presente en el centro del grupo, «en medio» de los suyos, a los cuales no había abandonado, y les ofreció la paz. Se percibe aquí una oposición entre el miedo que inspiran los dirigentes judíos y la paz que trae Jesús. El miedo oprime, la paz libera.

La alusión a la noche de pascua (sin llamarla «noche», porque este término tiene connotaciones negativas en el vocabulario del 4º evangelio) sitúa el relato en el horizonte del éxodo. El nuevo éxodo comienza desde el interior de cada uno, por la liberación interior del temor.

v. 20a:

 Y «dicho esto les mostró las manos y el costado…»

 El ofrecimiento de la paz está respaldado por lo que significan sus manos y su costado. Al mostrárselos, Jesús pretende ratificar y hacer creíble su saludo de paz.

La animadversión del mundo es contrarrestada por la paz que en él se encuentra:

«Les he dicho estas cosas para que tengan paz en mí. En el mundo tendrán tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo» (Jn. 16,33).

Ahora él reporta su victoria sobre el mundo mostrándoles «las manos y el costado», es decir, mostrándoles la Cruz, es decir, haciéndoles descubrir el sentido de la Cruz. Esta victoria no es como las del mundo, eliminando al otro, sino que es el triunfo de la verdad, el amor y la vida. Por eso les muestra las señales de su muerte, las cuales dan testimonio de su amor, de la verdad de Dios y de la indestructibilidad de la vida que él comunica. El que se presenta vivo ante ellos es el mismo que fue crucificado. Esas señales en las manos y en el costado permanecen, no como llagas que indican debilidad y muerte sino como signos de un amor jamás desmentido.

=>: Las manos simbolizan la actividad humana. Las manos de Jesús han manifestado un amor permanentemente activo y comprometido con la vida de las personas (cfr. Jn. 5,17). En sus manos había confiado el Padre «todo» (cfr. Jn. 3,35; 13,3) y Él no lo había defraudado. En esas manos están también los suyos, ellos, a quienes él les da vida definitiva; y nadie podrá arrebatarlos de esas manos (cfr. Jn. 10,28). Mostrar las manos es reiterar esa seguridad. No tienen por qué temer al mundo que los amenaza de muerte: él padeció la muerte, como atestiguan sus manos, y está vivo, como pueden ver ellos.

=>: De su costado fluyó el Espíritu que él les había ofrecido a los sedientos y prometido a los que creyeran en él (cfr. Jn. 19,30; 7,37-39): Espíritu que es potencia de vida y de amor. No hay por qué temer a la muerte, porque el Espíritu es la mejor garantía de la vida indestructible. Tampoco hay que temer al odio mortal de los que los amenazan, porque, en la cruz, ese amor se mostró más grande y más fuerte que el odio.

V.20b: «Los discípulos sintieron la alegría de ver al Señor».

El miedo le cede paso a la alegría que produce tan buena noticia. Se cumple así lo que él les había anunciado: «Ustedes se entristecerán, pero su tristeza se convertirá en alegría» (Jn. 16,20); «cuando yo aparezca entre ustedes, se alegrarán y su alegría nadie se las quitará» (Jn. 16,22). Ha pasado, pues, el apuro y se abre paso la alegría por el nacimiento del Hombre (cf. Jn. 16,21) según el proyecto original de Dios: la creación está terminada, ahora el hombre que es «carne» por su nacimiento se convierte en «espíritu» por el don del Espíritu de Jesús: nacido de nuevo/arriba (cf. Jn. 3,6).

V.21: «Les dijo de nuevo: «Paz con ustedes [εἰρήνη ὑμῖν = eirene ymin]. Igual que el Padre me ha enviado a mí, los mando yo también a ustedes”».

El mundo produce tribulación, pero Jesús da paz. Y él venció al mundo (cfr. Jn. 16,33). Ese «mundo» es ámbito de sufrimiento, de tristeza y de muerte para la humanidad. Por eso, al enviarlos al mundo, les reitera la certeza de esa paz. Ella será la fuerza que los acompañe en la misión que los espera.

Se trata de hacer presencia en el mundo sin dejarse arrastrar por él (cfr. Jn. 17,16), sino proponiendo continuamente una alternativa de vida eterna, como Jesús (cfr. Jn. 10,10), y comprometiéndose a realizar en él las obras de Dios (cfr. Jn. 9,4). La Misión de los discípulos en el mundo es igual a la que el Padre le confió a Jesús (cfr. Jn. 17,18).

V.22: «Y, dicho esto, sopló y les dijo: “Reciban Espíritu Santo»…»

En ese contexto de envío hacia el mundo («y dicho esto…») se produce la infusión del Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el que impulsa la misión, capacita a los discípulos para que la cumplan y garantiza su cumplimiento, tal como sucedió con Jesús.

La forma de infundir el Espíritu («sopló») alude a la primera creación del hombre (cf. Gn 2,7: e)nefu/shsen): Jesús retoma el proyecto creador de Dios; el Hijo del Hombre dinamiza la creación del nuevo hombre, a su imagen, configurado con él. La primera acción del Espíritu Santo es la creación del hombre nuevo, el hombre animado por el Espíritu de Dios, el hombre-espíritu, más allá de la realidad del hombre-carne (cf. Jn 3,6).

Esta alusión a la creación indica que para el éxito de la misión se exige una calidad humana nueva y que ella no se puede dar sin una profunda renovación interior del hombre a semejanza de Jesús: es preciso vivir la nueva realidad que encarna Él, el Hijo del Hombre, el hombre lleno del Espíritu. Esto es lo que significa nacer de nuevo/de arriba, es la realidad que (según Juan) inaugura el bautismo en cada uno. Si no se da este nuevo nacimiento, ni siquiera se puede «vislumbrar» el reino de Dios; si se da ese nacimiento, entonces se puede «entrar» en el Reino de Dios (cfr. Jn 3,3.5).

V.23: «A quienes perdonen los pecados, les quedan libres; a quienes se los retengan, les quedan retenidos”.

El Espíritu Santo, al mismo tiempo que establece una nueva frontera entre el mundo y los discípulos, crea, a la vez, un vínculo de aproximación y un distanciamiento. Por él, pueden los discípulos estar en el mundo sustraídos del mundo (cfr. Jn. 15,19).

Ellos, animados por él, forman la Comunidad del Resucitado, el vencedor de la muerte, que ya no experimenta miedo ante el mundo por la posibilidad de perder la vida. El mundo no los podrá dominar con base en ese temor, como domina a los que no poseen el Espíritu. Ya no se necesitan las puertas atrancadas como barrera protectora; de ahora en adelante, serán sólo el símbolo de la frontera entre el ámbito donde Jesús se manifiesta a los que lo aman (cfr. Jn. 14,22s) y el mundo, que está «fuera», donde ha sido expulsado su jefe (cfr. Jn. 12,31), «mundo» que no puede recibir al Espíritu porque (como no ama) no lo percibe ni lo reconoce, mientras que los discípulos sí lo reconocen, porque vive con ellos y estará con ellos (cfr. Jn 14,17).

Ahora el mundo no ve a Jesús, mientras los discípulos sí lo ven (cfr. Jn 14,19), y son los discípulos los que le echan en cara al mundo su injusticia, desenmascarándolo y denunciándosela (cfr. Jn. 16,8-11).

Son hombres libres: libres del temor, libres para vivir el amor, libres para dar testimonio de la verdad. El mundo, en cambio, atado a su injusticia, sigue siendo esclavo, porque «el que practica el pecado es esclavo» (cfr. Jn. 8,34). Y son ellos los que tienen la capacidad de discernir y declarar, como lo hizo Jesús, quién sigue con su pecado y quién está ya limpio, por haberse adherido a Él porque creyeron en su mensaje, se apartaron de la injusticia personal y rehusaron darle su adhesión a la injusticia del mundo («el pecado del mundo»). El Espíritu les da esa libertad y la capacidad de ofrecerla.

A los fariseos, Él les dice: «el pecado de ustedes persiste» (Jn. 9,41), y, así, constata y declara que ellos no han abandonado su actitud y conducta pecadoras. A los discípulos les dice: «ustedes están limpios, aunque no todos» (Jn. 13,10);

«ustedes están ya limpios por el mensaje que les he comunicado» (Jn. 15,3).

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE el texto?

 ¿Qué me dice Dios a través del texto? Atiende a tu interior… ¿Qué me dice ese dinamismo del texto, todo menos estático? ¿Qué me dice este Jesús crucificado y a la vez resucitado? ¿Qué representa en mi vida y en mi seguimiento el hecho de ser enviado/a, de ser llamado/a a poner en marcha el perdón allí donde estoy? ¿Dónde percibo que Jesús sopla sobre mí y me regala su Espíritu?

Para destacar:

A nivel eclesiológico (discipular), básicamente es un texto de movimientos, de avances, de transformación: del miedo a la alegría, de estar cerrados a estar enviados. Nada queda igual después de la Resurrección, se inicia un nuevo itinerario radicalmente transformado y transformador.

A nivel cristológico, se remarca la bondad de Cristo Jesús, que no solo no reprocha a sus amigos el abandono y la soledad en que le dejaron, sino que les regala las primicias de su Pascua: la paz y el Espíritu Santo con el perdón de los pecados. Jesús es el mismo Jesús crucificado, pero también el Mesías, el Señor, el Hijo de Dios, Dios mismo.

A nivel teológico, es impresionante la densa riqueza del misterio de Dios: Padre que envía, Hijo y Señor, Espíritu Santo.

Él está presente 

El texto evangélico se concentra en la creación de la nueva humanidad, la Comunidad animada por el Espíritu con capacidad para discernir quién se ha separado del viejo orden injusto (el «mundo») y se ha incorporado al nuevo orden (la vida de «paz y alegría») y, por eso, está libre de los pecados, y quién permanece aún en el «mundo» y, por consiguiente, mantiene su complicidad con «el pecado del mundo». La oposición entre dentro y fuera (de la casa), primero por miedo y después por la capacidad de discernir y declarar quién es justo y quién pecador, es fruto del don del Espíritu.

Jesús se hace presente en la comunidad. Ni siquiera las puertas cerradas (de nuestros miedos, angustias, prejuicios, desesperación, confinamiento por el coronavuris) le impiden estar en medio de aquéllos que no lo reconocen. ¡Hasta el presente es así! Cuando estamos reunidos, también si las puertas están cerradas,

¡Jesús está en medio de nosotros! Y también hoy, la primera palabra de Jesús será siempre: «¡La Paz esté con ustedes!»: así nos visita en nuestro confinamiento para asegurarnos que Él siempre ha estado de nuestro lado, que nos acompaña en esta situación de pandemia para darnos ánimo y devolvernos a esperanza con s u saludo vivificador: «La Paz sea con ustedse»

Él les muestra las señales de su pasión en las manos y en su costado ¡El resucitado es el crucificado! El Jesús que está con nosotros en la comunidad, no es un Jesús glorioso que no tiene nada en común con la vida de la gente. Sino es el mismo Jesús que ha venido a esta tierra y que tiene las señales de su pasión. Y hoy estas mismas señales se encuentran en los sufrimientos de la gente.

Son los signos del hambre, de la tortura, de las guerras, de las enfermedades, de la violencia, de las injusticias, de los sufrimientos y angustia producidos por esta pandemia que nos llevó a vivir con las «puertas cerradas». ¡Tantas señales! Y en las personas que reaccionan y luchan por la vida, Jesús resucita y se vuelve presente en medio de nosotros.

«Shalom»: la construcción de la paz 

En el evangelio de Juan, el primer encuentro entre Jesús resucitado y sus discípulos está marcado por el saludo: «¡La paz esté con vosotros!». La paz que Jesús nos da es diversa de la «Pax Romana», construida por el Imperio Romano: «no se la doy como la da el mundo» (Jn.14,27b). Paz en la Biblia («shalom») es una palabra rica de un profundo significado. Significa integridad de las personas delante de Dios y de los otros. Significa también vida plena, feliz, abundante (cfr. Jn. 10,10).

La paz es señal de presencia de Dios, porque nuestro Dios es un Dios de paz.

«Javhé es Paz» (Jr. 6,24). «¡Que la  Paz de Dios está con  ustedes!» (Ro.  15,33).

Por esto, la propuesta de paz de Dios produce reacciones violentas. Como dice el salmo: «Desde mucho tiempo vivo con los que odian la paz. Estoy a favor de la paz, pero cuando yo digo “¡Paz!” ellos gritan “¡Guerra!”» (Sl 121,6-7) La paz que Jesús nos da es señal de “espada” (Mt. 10,34). Supone persecuciones para las Comunidades. Y el mismo Jesús nos anuncia tribulaciones. (Jn. 16,33) Es necesario tener confianza, luchar, obrar, perseverar en el Espíritu de modo que un día triunfe la paz de Dios (Sal. 85,11) Y entonces, «el Reino de Dios será justicia, paz y alegría y estos serán los frutos del Espíritu Santo» (Ro. 14,17) y «Dios será todo en todos» (1Co. 15,2 8).

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

 ¿Qué le dices a Dios gracias a este texto?

Me pongo ante Ti

con la verdad de mi vida,   tal como me encuentro hora,

encerrado en mis angustias, preocupaciones, desalientos. incertidumbres…

Pero, te doy gracias

por los dones que me regalas,

la vida, el discipulado, tu presencia en su Espíritu, tu dinamismo, tu paz honda…

Ven Espíritu Santo y enséñanos a CREER.

Sin tu aliento, nuestra fe se convierte en cansancio y tristeza. Ven Espíritu Santo y enséñanos a ORAR.

Sin tu calor nuestra liturgia y plegaria se convierten en rutina.

Ven Espíritu Santo a mantener dentro de la Iglesia el esfuerzo de CONVERSIÓN.

Sin tu impulso aparece el desencanto y la desilusión.

Ven Espíritu Santo a ALEGRAR nuestro sombrío mundo.

Ábrenos a un FUTURO MÁS FRATERNO, LIMPIO Y SOLIDARIO.

Ven Espíritu Santo y enséñanos a ENTENDERNOS

aunque hablemos lenguas diferentes.

Amén.

  1. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE LA  PALABRA?

«Así como el músico, con la lira bien templada, ejecuta una armonía, combinando con los recursos del arte los sonidos graves con los agudos y los intermedios, así también la sabiduría de Dios, teniendo en sus manos el universo como una lira, une las cosas gobernándolas con su voluntad y beneplácito»

(San Atanasio)

PENTECOSTES es una experiencia de COMUNION y de AMOR.

Contemplemos este Misterio insondable, a la luz de la Encíclica «Dios es amor» del Papa Benedicto XVI:

«No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva… Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero, ahora el amor ya no es sólo un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro» (1).

Esto es acción del Espíritu Santo en el creyente y en la Iglesia.

«Ahora el amor es ocuparse y preocuparse por el otro. Ya no se busca a sí mismo, sumirse en la embriaguez de la felicidad, sino que ansía más bien el bien del amado: se convierte en renuncia, está dispuesto al sacrificio, más aún, lo busca» (DCE, nº 6).

Fue el Espíritu Santo quien sacó a los discípulos del encerramiento y los lanzó a la misión, al servicio del Evangelio para los demás.

«Amor a Dios y amor al prójimo se funden entre sí: en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios» (15).

Relación con la Eucaristía

El relato de Pentecostés es lo que ocurre en la celebración. Reunidos en torno de Jesús los hijos de adopción damos gracias; unidos en el amor de su Espíritu, hacemos una comunidad con los dones que Él nos da.

Algunas preguntas para meditar durante la semana 

 1. ¿Vivimos de acuerdo al Espíritu del Señor, según los frutos y dones que Él nos comunica?
2. ¿Cómo actuamos en medio de una Iglesia una y diversa?
3. Identifica en tu sociedad, tu familia y amistades, la obra del Espíritu Santo                                                                       4. ¿Estamos abiertos a las «sorpresas de Dios» … o nos encerramos, con miedo, a la novedad del Espíritu Santo?
5. ¿Estamos decididos a recorrer los caminos nuevos que la novedad de Dios nos presenta o nos atrincheramos en estructuras caducas, que han perdido la capacidad de respuesta?
6. ¿Sentimos esa nueva fuerza ahora que pasó la Pascua?
7. ¿Tiene Jesús el papel que sin duda merece en nuestra vida?
8. ¿Tanto dinamismo de amor de Dios no choca con nuestra modorra espiritual?
9. ¿Qué hacer en concreto, por poco que sea, para llevar Su paz y Su perdón allí donde me toca vivir?

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