Tiempo pascual: Domingo 4, Ciclo A

Jesús, puerta y pastor de las ovejas

– AMBIENTACIÓN

Cuántas veces nos reunimos para celebrar la misa, lo hacemos destacando la realidad de Cristo resucitado; presente en nosotros por la Palabra y por el Sacramento del Pan. Pero en los días de Pascua lo destacamos con mayor acento. ¡Cristo ha resucitado y es el fundamento de nuestra fe!

En el Domingo 4o de Pascua conmemoramos a Cristo como Buen Pastor, después de haber pasado tres Domingos celebrando la presencia viva de Jesús resucitado.

Y en este Domingo desde hace muchos años celebramos en toda la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones consagradas: al sacerdocio, a la vida religiosa, a la dedicación misionera.

Nosotros queremos hacernos eco de estas celebraciones, como miembros que somos de la Iglesia universal.

  1. PREPARACIÓN: Invocación al ESPÍRITU SANTO

Ven, Espíritu Santo,

Abre nuestros oídos

para que escuchemos la Palabra

y, desde, ella aumente en la Grey de Cristo el deseo de unidad, de mutuo respeto,

de acogida, de fraternidad, porque éstos son los signos

de la presencia del Señor Jesús entre nosotros y de la voluntad del Padre.

Que escuchemos la Palabra para que sigamos

a nuestro único Pastor, Jesucristo. Amén.

  1. LECTURA. ¿QUÉ DICE el texto?

Primera Lectura. Hch. 2, 14a.36-41: «Dios lo ha constituido Señor y Mesías»

Del discurso de Pedro el día de Pentecostés, que habíamos leído en gran parte el Domingo pasado, escuchamos hoy su conclusión, que es también el resumen de todo el «kerigma» de Pedro en sus varios discursos, o sea, del núcleo evangelizador que contienen: «sepa, pues, todo Israel que a ese Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías». San Pedro, en su sermón, explica cómo Jesús crucificado y resucitado es Señor de todos. Por lo mismo todos están llamados a reconocer el señorío de Jesús, no sólo con palabras y sentimientos, sino por el camino de la conversión.

El texto de los Hechos nos ha dicho que por la resurrección Dios lo ha constituido Señor y Mesías. El es el Ungido a quien el Padre encarga la misión de llevar a la humanidad a su plena realización ahora y siempre; y es Señor, lleva el nombre divino, el mismo ser de Dios, que está por encima de todo nombre, de toda realidad creada.

El efecto del discurso es inmediato, y muchos de los oyentes de Pedro se preguntan: «¿qué hemos de hacer?». Pedro responde: «Conviértanse y háganse bautizar en el nombre de Jesucristo para que se les perdonen los pecados y reciban el Espíritu Santo». La situación del paganismo se presentaba como obstáculo a la evangelización. Pedro afronta de modo cariñoso, pero enérgico, esa situación, llamando a la conversión de todos. Es el proceso, señalado por Pedro, para el que quiera entrar en la experiencia cristiana.

Lo que sigue es  como  el  camino  programático  de  lo  que  significa  la

iniciación cristiana, desde la fe al bautismo y a la agregación a la Comunidad.

Sal. 23(22): «El Señor es mi pastor, nada me falta»

No podía ser otro hoy el salmo intercalado entre las lecturas: «el Señor es mi pastor, nada me falta». No tanto como eco a la primera lectura de hoy, sino por sintonía con el ambiente de toda la celebración, con la clave central del Buen Pastor.

Segunda Lectura. 1Pe. 2, 20b-25: «Ustedes han vuelto al Pastor de sus vidas»

La segunda lectura complementa la primera. Aquí Pedro nos recuerda que Jesús obtuvo su señorío por la humildad y la misericordia, y colocándose en nuestro lugar. («Sus heridas nos han sanado»). Por lo tanto, Jesús es nuestro Señor no como dueño o dominador, sino como pastor bueno y misericordioso.

Ser perseguido por la justicia debe ser lo más natural en el cristianismo. De esa forma nos asimilamos con Cristo por su misma causa. Sería muy sospechosa la Iglesia, si al proclamar el Evangelio, no tuviese que sufrir nunca nada de los poderes constituidos, sino que más bien apareciese como aliada de los mismos.

Para un cristiano que tiene que soportar dificultades y sufrimientos, según Pedro en su carta, el mejor modelo es Cristo Jesús: «padeció su pasión por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas».

Al describir este ejemplo que nos ha dejado Jesús, la carta hace como un resumen del cuarto cántico del Siervo, en Isaías 53: «él no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca… cargado con nuestros pecados subió al leño… para que nosotros vivamos para la justicia. Sus heridas nos han curado».

Y describe lo que significa en la vida de un cristiano el haber encontrado a Cristo Jesús: «si, obrando el bien, soportan el sufrimiento, hacen una cosa hermosa ante Dios, pues para esto han sido llamados». Además, este encuentro con Jesús, buen Pastor, debe representar un cambio en la vida: «andaban descarriados como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas».

Seguir el camino del Evangelio de Jesús no es cosa fácil, pues para llegar a la luz de la resurrección hay que pasar por la cruz del sufrimiento. Por ello, el Apóstol Pedro insiste en que hemos de seguir el camino y ejemplo de Jesús que venció al mal con el bien y tratado injustamente no devolvía insulto por insulto.

El Apóstol Pedro pone de manifiesto en su primera carta tres actitudes fundamentales en el creyente: obedecer, hacer el bien y aceptar el sufrimiento. El Apóstol Pedro, al igual que San Pablo, no son revolucionarios de las estructuras sociales de su tiempo. Tampoco aceptan la injusticia o los malos tratos que se daban a las gentes (criados o esclavos) con resignación.

La doctrina por ellos proclamada, siguiendo el Evangelio del amor fraterno, de la igualdad entre los hombres, de la libertad en Cristo, llevaría a la supresión de la esclavitud.

Por otra parte, no solamente el sufrimiento inocente de Jesucristo es ejemplo para nosotros, sino que fue el medio por el que alcanzó el perdón para nuestros pecados: «se sometió al sacrificio de la cruz para que por sus heridas fuéramos curados».

Evangelio de Jesucristo según san Juan 10, 1-10: «Va delante de ellas, y las ovejas lo siguen»

1 «En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; 2 pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. 3 A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. 4 Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz. 5 Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.» 6 Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

7 Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. 8 Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no los escucharon. 9 Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. 10 El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Re-leamos el texto para interiorizarlo:

 a) Contexto: Jn. 9, 110, 21 = Signo y Discurso

 Este fragmento evangélico forma parte de una sección más amplia, que contiene un signo, la curación del ciego de nacimiento (Jn. 9, 1-41) y un discurso que Jesús dirige a los fariseos (Jn. 10,1-21). El discurso está enmarcado por el episodio de la curación del ciego de nacimiento (9,1-41) y por la referencia al mismo en 10,21: «Esas palabras no son de un endemoniado. ¿Puede acaso un demonio abrir los ojos de los ciegos?».

Esta es la disposición del texto del discurso:

  1. Jn 9: Curación del ciego;
  1. Jn 10,1-10: Yo soy la puerta;

b’) Jn 10,11-18: Yo soy el buen pastor;

a’) Jn 10,19-21: Referencia a la curación del ciego.

Aquí, la ceguera es el símbolo de la falta de fe de los fariseos, de su incapacidad de comprender y de su rechazo y resistencia a la revelación de Jesús. A unos personajes faltos de fe (los judíos fariseos) Jesús dirige las palabras del evangelio de hoy.

b)  El texto: 

Tiene una estructura en quiasmo (a-b-b’-a’):

a = vv. 1-5: se abre con unas palabras de Jesús, introducidas por la expresión típica de Juan: «En verdad, en verdad les digo»;

b = v. 6: estas palabras se cierran con una frase del narrador, que hace referencia a la incomprensión de los oyentes

b = v. 7a: La segunda parte del evangelio se abre con una nueva referencia del narrador 

a = vv. 7b-10: y continúa con otras palabras de Jesús, otra vez iniciadas con la misma expresión típica.

Esmerada construcción del texto, en la que sobresale:

-> la presentación de Jesús como pastor y puerta/portero, frente a los ladrones/bandidos;

-> lo que corresponde a cada uno (a Jesús, dar vida abundante; a los ladrones, robos y estragos);

-> la actitud discipular (seguir al pastor).

Para la mejor comprensión del texto, es necesario atender a todos los detalles posibles. Nos fijamos en los contrastes, en el modo de comportarse los diversos personajes. Destacar qué acciones corresponden a cada uno. sobre todo las del buen pastor: nos fijamos bien en el «conocer», y el «dar vida abundante», por parte del pastor, y el «seguir», por parte de las ovejas.

c)  Comentario:

    1) vv.1-6: La parábola sobre la entrada en el rebaño 

vv. 1-2: 

Dice Jesús; Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida (Jn. 8, 12). Y un poco más adelante nos proclama que él es el buen Pastor y la puerta de las ovejas. Son imágenes bellas y muy llenas de sentido.

Tenemos que encontrar el sentido que encierran. Sobre todo, las imágenes del pastor y de la puerta del redil de las ovejas no pertenecen a nuestra cultura. Pero sí eran muy propias del mundo en que vivió el Señor en su paso por la tierra.

Un doble «amén» (v. 11) vincula 9,41 y la parábola que sigue (vv. 1-6). La parábola juega con el uso de una «puerta» en el marco de la actividad del pastor. El trasfondo de este juego de palabras se encuentra en la extensa utilización de la imagen del pastor para referirse, tanto positiva como negativamente, a los gobernantes de Israel.

Hay dos modos de entrar en un rebaño, que dependen de lo que uno pretenda: apacentar al rebaño o hacerle daño. Se puede entrar mediante un subterfugio (v. 1) o a través de la puerta de entrada al redil (v. 2). El que hace lo primero es un ladrón y un bandido, mientras que el segundo es el pastor.

Atendamos a los personajes de los vv. 1-5: ovejas, ladrones/bandidos, pastor/portero. Las ovejas representan al pueblo de Dios y a los discípulos.

Los ladrones/bandidos son los fariseos y dirigentes judíos en general: no entran al redil por la puerta (no sirven a la comunidad con y como Jesús)

v. 3:

 Se introduce otro personaje, el portero (v. 3), pero se trata de una figura menor exigida por el trasfondo pastoril de la parábola. Éste no duda en dejar entrar al pastor (v. 3a), así como las ovejas tampoco dudan en atender a la voz del que las guía y las apacienta. Cada oveja sabe su propio nombre y responde inmediatamente a la voz del que la llama por su nombre (v. 3b).

Jesús-Pastor empieza su misión llamando y las ovejas, toda la humanidad, conoce su voz. Las va llamando por el nombre: Dios no nos conoce y ama como a una masa informe sino a través de una relación personal. El pastor/puerta: es Jesús, cuya voz es «reconocida y escuchada». Puedo identificar los espacios de libertad con la acción de Jesús en mi vida. Hemos de atender a nuestro interior, déjanos llamar por Jesús, oirle decir nuestro nombre.

v. 4: 

Una vez que las ovejas han sido llamadas por su nombre, reunidas y sacadas del redil para dirigirse a los pastos, el pastor camina al frente de ellas, y éstas, con gran alegría, siguen a aquél cuya voz les es familiar (v. 4).

Jesús camina delante: sale de ese redil con el Pueblo y todo lo que él representa y emprende la marcha, a través del tiempo y el espacio, hacia el Padre Dios. El no solo conoce el camino, sino que es el camino. El único posible. Esa marcha va siempre hacia delante. «El que mira hacia atrás no es digno del reino», dijo en una ocasión el Señor. En esa marcha encontrará pastos: antes nos dijo que «el que come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida y yo lo resucitaré» …

v. 5:

 Finalmente, subrayemos la palabra «voz», que se repite tres veces. Las ovejas de Jesús «escuchan su voz» (v. 3), «conocen su voz» (v. 4). Sin embargo, ocurre lo contrario en el caso de un extraño, cuya voz «no conocen» las ovejas. No sólo no lo seguirán, sino que huirán aterradas (v. 5).

v. 6: 

Jesús sigue dirigiendo sus palabras a los fariseos (cf. 9,39-41), aplicándoles una significativa imagen bíblica. Jesús ha curado (cfr. 9,6-7) y ha buscado (v. 36) al ciego, mientras que los fariseos lo han tratado con desdén y arrogancia, echándole fuera de donde ellos estaban (cfr. Jn. 9, 34).

El narrador identifica explícitamente a los fariseos con los ladrones y bandidos en el v. 6. Ellos no entendieron que la parábola de Jesús les estaba diciendo algo a ellos.

Los temas de la parábola, el pastor, la puerta, los ladrones y bandidos, se utilizarán y desarrollarán posteriormente en los vv. 7-18. Las ovejas oyen la voz del pastor (vv. 3-4), pero los fariseos no oyen su voz. Son incapaces de reconocer lo que les está diciendo, porque, como ocurre a lo largo del evangelio, no prestarán atención a lo que les dice.

     2) vv. 7-10: El contraste entre el Buen pastor y los otros:

v. 7:

 El discurso se reanuda mediante otra utilización del doble «amén» (v. 7a) cuando Jesús se revela como «la puerta de las ovejas» (v. 7b). La parábola utilizó la puerta como el lugar del acceso correcto al redil (cf. vv. 1-2), y Jesús se presenta como esa puerta en los vv. 7-10. Sólo Jesús es la puerta del redil y sólo a través suyo podemos tener acceso adecuado a las ovejas, así como éstas pueden salir para encontrar buenos pastos (v. 7; cf. v. 9).

Las dos imágenes que nos trae el evangelio que hemos escuchado, el pastor y la puerta, son inseparables. La puerta representa la legitimidad del pastor. Quien acredita esa legitimidad es el dueño del rebaño y ése no es otro que el Padre Dios. Jesús es el enviado.

El lenguaje parabólico del Señor revela los pasos de su misión. Encuentra un pueblo cautivo de las estructuras de la primera alianza: la ley y el templo. En ellas el pueblo encontraba la expresión de su fe. Pero el plan de Dios sobre ese pueblo y sobre toda la humanidad iba más allá. Dios mismo entra a ese pueblo y a la humanidad para en él conducir a todos hasta la plena realización que es encontrarse con Dios y en él toda esa humanidad, en realización y felicidad para siempre. Y el único capaz de hacerlo es Dios mismo en humanidad. Por eso Él es la Puerta, la única y verdadera.

Destaquemos la autodefinición de Jesús: «Yo soy la puerta» (v. 7), que se repite en el v. 9. Por él se entra en un ámbito de salvación, de libertad y de vida que, ni las instituciones judías, ni sus dirigentes, podían dar. Así, las ovejas podrán, si oyen su voz y lo siguen, vivir desde dentro de Jesús; sentir, pensar, actuar, elegir desde Jesús.

v. 8: 

Retomando de nuevo expresiones de la parábola, Jesús afirma que quienes vinieron antes que él «eran ladrones y bandidos». «Los judíos» que vinieron antes de Jesús lo han rechazado. Esta situación se nos ha descrito dramáticamente en Jn. 9,1-34. Cuando Jesús dice; «Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos» (v. 8), nos quiere decir que cuantos han querido hacerse pasar por enviados del Padre han usurpado esa función. No se refiere a los profetas legítimos, a los jefes del pueblo establecidos por Dios como Moisés, Josué. Dentro de su misión histórica fueron legítimos. Lo otros son los que no han entrado por la puerta que da acceso al pueblo, rebaño de Dios.

Las afirmaciones que hacen «los judíos», de que ellos son los dirigentes del pueblo de Dios, son falsas. Ellos son ladrones y bandidos, proveedores de una esperanza mesiánica para su propio beneficio. Como ha mostrado la respuesta del ciego de nacimiento a su interpretación de la tradición mosaica (cf. 9,24-33), las ovejas no les han prestado ninguna atención. Esto le forzó a abandonar su compañía (cfr. Jn. 9, 34), a creer en el Hijo del hombre y a acompañar a Jesús (cfr. Jn. 9, 35- 38).

v. 9:

 Jesús ha venido y ha entrado al pueblo por la puerta auténtica de la promesa cumplida (v. 9). Esa entrada se hizo por la encarnación. Sólo en Jesús se da el total encuentro entre Dios y el hombre. A las ovejas corresponde seguir al pastor para encontrar pastos (vida).

La imagen del v. 7 retorna en el v. 9, cuando Jesús explica lo que significa ser la puerta de las ovejas: Él es el mediador que proveerá lo que las ovejas necesitan para vivir.

Una vez más, la experiencia de la antigua vida pastoril suministra el trasfondo del contraste que establece Jesús entre dos modos de «acercarse» a las ovejas. El ladrón sólo viene para robar, matar y destruir. No había nada vivificante en quienes han venido antes de Jesús afirmando que eran pastores, pero que, de hecho, sólo eran ladrones y bandidos.

Jesús ha venido para que las ovejas pudieran tener pastos (cf. Ez. 34,14), por tanto, para que tuvieran vida de forma abundante (cf. Ez. 34,25-31). Jesús es la

«puerta» mediante la cual el acceso a los buenos pastos está disponible y con la que el redil se encuentra protegido. Quienes entran se salvan; quienes salen encuentran pastos.

v. 10:

 Jesús, la puerta (v. 7), ofrece tanto la salvación como los pastos, y suministra a las ovejas una vida abundante (v. 10). Mediante él (v. 9) tienen vida los demás (cf. Jn. 1,3-4.17). En esta polémica con los fariseos, «la puerta» del v. 2 se ha interpretado cristológicamente en los vv. 7-10.

La oposición entre la obra del ladrón y la del pastor verdadero es dramática. La finalidad de los ladrones/bandidos es «robar, matar, hacer estrago» (explotar al pueblo, en lugar de servirlo y conducirlo a Dios: cfr. Mc. 12,40; Mt. 23,14; Lc. 20,47).

El pastor verdadero entra en el redil y saca a las ovejas «para que tengan vida y la tengan abundante»: para ello, el pastor da su propia vida por las ovejas. Una vida que tiene una dimensión divina con una abundancia sin medida. Esa vida abarca el beneficio y el bienestar del hombre desde esta vida, pero culmina en el misterio insondable de Dios. 

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE LA PALABRA? 

La Vida cristiana es un camino

 La vida cristiana es una marcha que empieza en nuestro bautismo, incluso en nuestro ingreso al mundo al nacer. Tiene un destino, un punto final. Para una marcha se necesita un camino conocido y seguro y Jesús nos ha dicho Yo soy el camino. Necesitamos un guía que conozca el camino y la meta hacia donde nos dirigimos y Jesús nos dice; Yo soy el Pastor.

 Es necesario que tengamos la seguridad de que ese pastor es auténtico, en quien podemos confiar plenamente y él mismo se califica como el buen Pastor. La palabra que trae el texto es el «hermoso» Pastor. (ὁ ποιμὴν ὁ καλός = o poimen o kalos). Esa palabra «hermoso» (καλός) no tiene un significado meramente estético, de belleza física, sino el sentido de verdadero, genuino, legítimo. Una relación honda hay entre lo bueno y lo bello: «La belleza es la imagen del bien» (S. Weil).

«Discípulos – misioneros»

 Esta Palabra nos invita a plantearnos el sentido verdadero de nuestra vida cristiana. La Iglesia nos insiste en que en ella todos somos discípulos y misioneros. La imagen de la puerta y del Pastor nos ayuda a comprender nuestra vocación de discípulos. Jesús entra a nuestra vida, nos llama por el nombre. Acontece sacramentalmente en nuestro bautismo. Y allí comienza nuestra marcha a través del mundo con un destino final que es el mismo Dios. Jesús encabeza esa marcha. Pero es preciso entrar en relación con él y los hermanos, con el mundo y con su historia. Es una relación de mutuo conocimiento. Conocer la voz de Jesús, como él conoce la nuestra. Hacerle confianza como a aquel que conoce el camino, que es él mismo el camino, que no nos deja extraviar. Alimentarnos de él, de su Palabra, de su Cuerpo eucarístico.

Amar fraternalmente a todos aquellos que comparten el camino con nosotros, la Iglesia, e incluso toda la humanidad. Ser testigos de que algo grande acontece en el mundo cuando seguimos a Jesús. Es nuestra manera principal de ser misioneros. Que prediquen al Señor no sólo nuestras palabras sino nuestras obras y nuestra vida toda. Si así aconteciera qué distinta sería nuestra vida y la del mundo.

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS a DIOS?

Señor y hermano nuestro, Jesús,

Tú eres el Buen Pastor

que cuidas con mimo de tus ovejas.

Llámanos por nuestro propio nombre, guíanos en los andares de nuestra vida, acompáñanos y protégenos

cuando caminamos

por esta «cañada oscura» de la pandemia, cuídanos, cuida a nuestras Familias,

en estos los avatares

de nuestro caminar con miedo y angustiados,

a causa de la nefasta acción del coronavirus.

Y repara nuestras fuerzas para enfrentar lo que viene; que recuperemos nuestra vida

en la mesa de tu Palabra y de tu Pan.

Te contemplamos como puerta, como espacio de libertad

en que podemos entrar y salir

sentirnos a gusto.

Te damos gracias

por llamarnos por nuestro nombre, de modo tan único,

por conocerte,

por tenerte en nuestra vida y poder seguirte.

Amén.

  1. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE LA PALABRA?

Nuestro compromiso hoy

Como Jesús, los pastores y evangelizadores de la Iglesia deben ser seguidos como verdadera y confiables «puerta de las ovejas». Pero también como Jesús, deben «ganarse» esta confianza, entregando sus vidas por las ovejas, por el servicio y la misericordia.

Por lo tanto, como cristianos y evangelizadores, preocupados por la promoción del Reino de Dios (Reino de vida), debemos trabajar por todo lo que lleva a la vida en el pueblo (espiritual, intelectual, ética, cultural, etc.) y debemos oponernos a todo lo que destruye o disminuye la vida del pueblo (pecado, corrupción, violencia, represión, miseria, hambre, etc.)

Algunas preguntas para meditar durante la semana

  1. ¿De qué manera estos «personajes» de la parábola cuestionan, enriquecen o acrisolan nuestra vida creyente? ¿Qué podemos aprender?
  2. ¿Qué es para ti «entrar por Jesús»: acercarse a Él, conocerlo, creer en Él, amarlo, seguirlo, guardar su Palabra…?
  3. ¿Cómo es tu familiaridad con «la voz» de Jesús? ¿Lees y oras su Palabra diariamente?
  4. ¿Quién o qué noto que entra por mí como si fuera ladrón?
  5. ¿Dónde, con quién encuentro espacios de libertad en los que experimento vida abundante?
  6. ¿Cómo percibir a quienes que entran en mí como ladrones?

 

 

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