TIEMPO PASCUAL: DOMINGO 5°

EL DON DE LA IGLESIA: CAMINO, VERDAD Y VIDA

Ambientación

Inauguramos la quinta semana de Pascua. Las lecturas bíblicas nos van ayudando a entrar cada vez con mayor fuerza en la vida nueva del Resucitado y las consecuencias que tiene para la comunidad cristiana. No debemos cansarnos de celebrar nuestra fiesta principal, que dura siete semanas: nuestra fe cristiana es fundamentalmente alegría y visión optimista.

Ya en dirección a Pentecostés, a muchos les ayudará también el recuerdo de la Virgen María, en el mes de Mayo. En efecto, ella es el mejor modelo que podemos tener para sumarnos a la Pascua de Jesús, ella, que la vivió muy de cerca y se dejó llenar otra vez en plenitud del Espíritu, junto con la Comunidad.

  1. PREPARACIÓN: INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

Ven, Espíritu Santo,

a iluminar nuestra mente y mover nuestro corazón para que escuchemos atentamente la Palabra

y la acojamos con amor.

Que la Palabra anime

a los responsables de la Iglesia para que crezca su solidaridad y solicitud por la Comunidad.

Reaviva nuestra conciencia de ser Pueblo elegido y sacerdocio real, para que, movidos por Ti, sigamos a Jesús, el Cristo, que es

Camino, verdad y Vida. Amén.

  1. LECTURA: ¿QUÉ DICE EL TEXTO?

Primera lectura.  Hch. 6, 1-7: «Eligieron a siete hombres llenos de espíritu»

El mensaje de los Hechos de los Apóstoles nos indica que la vida cristiana, en esta ausencia-presencia del Señor, que vivimos actualmente, tiene dos dimensiones que se integran finalmente. Una es la atención a lo cotidiano y terreno en nombre del Señor. El cristiano tiene una responsabilidad en el quehacer histórico de la humanidad a partir de la muerte y resurrección del Señor. La otra es la necesaria experiencia de Dios en la oración y la misión con la proclamación de la Palabra que encierra en sí misma el poder salvador de Dios. La lectura de los Hechos atiende a esas dos dimensiones: la atención diaria a las necesidades primarias y el tiempo dedicado a la oración y a la predicación.

Todo colectivo humano sabe de conflictos y desavenencias. En la vida de la primera Comunidad, y a pesar del idílico cuadro que Lucas nos había dibujado en el primero de sus «sumarios» (y que leíamos el Domingo 2º de Pascua), empiezan a surgir dificultades. En la Comunidad de Jerusalén se creó una seria tensión entre los de lengua hebrea y algunos judíos procedentes del helenismo, venidos de la diáspora romana y helénica, que se convirtieron al cristianismo, y que también como judíos tenían en Jerusalén sinagogas propias y formaban un grupo étnico y lingüístico bastante diferente, con lengua y sensibilidad propia, aún dentro de la fe cristiana. La lengua no es sólo una gramática y un vocabulario: es reflejo de una cultura y de una formación. La fe en Cristo puede unir a todos, pero la sensibilidad no cambia fácilmente. Estos judíos de lengua griega se quejaban de que en la distribución benéfica que se hacía en la Comunidad a los pobres, las viudas de su grupo no recibían el mismo trato que las del grupo más autóctono.

Ante estas tensiones, la Comunidad de Jerusalén nos da aquí – y lo hará más adelante con el conflicto de la admisión a personas procedentes del paganismo- un buen ejemplo de serenidad y diálogo. Los apóstoles escuchan las quejas y establecen en seguida un diálogo comunitario y y se resuelve la situación: llegan a un acuerdo por el cual eligen siete «diáconos» (διάκονοi = plural de διάκονoj), todos de nombre griego, presentados por la Comunidad, específicos para los del grupo helénico. El resultado es el que Dios persigue, a pesar de las debilidades humanas: «la Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos». Se llega, por tanto, también a una descentralización y una nueva distribución de responsabilidades dentro de la Iglesia. Esos diáconos de lengua griega, por cierto, tendrán un papel importante en el desarrollo de la Comunidad.

Sal 33(32): «Que tu misericordia venga sobre nosotros»

El salmo es de alabanza: «aclamen, justos, al Señor», y de confianza en ese Dios que va guiando a su Comunidad: «que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros como lo esperamos de ti… los ojos del Señor están puestos en sus fieles…». Este salmo 33 celebra la acción providente de Dios en la Creación y en la Historia.

La creación está vertida en toda una espiritualidad de la Palabra de Dios. Para el salmista hay un universo cargado de sentido. El Cosmos es un complejo ordenado que Dios ha creado por la Palabra (Gn. 1; Sal. 8; Job. 3841).

También la Historia, con sus vicisitudes humanas y morales, pertenece a Yahvé. El señorío ilimitado de Dios es acontecimiento presente que transforma la visión superficial del mundo y ofrece unas realidades nuevas.

2ª Lectura.  1Pe. 2, 4-9: «Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real»

Cristo Resucitado sigue siendo el centro de nuestra fiesta. Hoy, por ejemplo, La Palabra proclama esta verdad con el símbolo de la «piedra angular» que había sido desechada por los hombres, pero que resultó ser, como ha dicho la carta de Pedro, «piedra escogida y preciosa ante Dios: el que cree en ella, no quedará defraudado«. Si es verdad lo que dicen los entendidos de que esta Carta atribuida a Pedro es como una larga catequesis bautismal, se explica mejor que el pasaje de hoy afirme que el

Misterio del Señor hace de la Comunidad de los bautizados «raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada, pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que los llamó a salir de las tinieblas para entrar en su luz».

El sacerdocio -mediación– que el Pueblo cristiano tiene como participación en el único sacerdocio de Cristo, se ejerce en dos direcciones.

  • Una, hacia Dios: le ofrece nuestras alabanzas y sacrificios: «para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo»».
  • Y otra hacia los hombres, con el encargo misionero de la evangelización, del anuncio a todos de la buena nueva de Dios: «para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla».

Este pasaje de la carta de Pedro es el que más se cita para motivar el sacerdocio bautismal de los cristianos (cfr. Concilio Vaticano II: Constitución sobre la Iglesia: Lumen Gentium (LG), 9-11))

Sin resurrección de Cristo y sin su presencia gloriosa entre nosotros hoy, no podríamos decir que tenemos este compromiso en el mundo. El cristiano comparte la vida normal de una sociedad, pero la viva de forma distinta, proyectando en ella el ser nuevo recibido de Cristo en la resurrección. Somos testigos del Señor en esta vida terrena y somos testigos de la vida futura. Para eso somos pueblo sacerdotal, nación consagrada, raza elegida. Es un compromiso grande que llena de sentido la vida del cristiano cuando de veras es discípulo y misionero.

También compara simbólicamente al Pueblo de Dios a un templo construido con piedras vivas -cada uno de los cristianos-, sobre el cimiento o piedra angular que es Cristo, para construir el Templo del Espíritu.

 Evangelio según san Juan 14, 1-12: «Yo soy el camino, la verdad y la vida»

 1 «No se turbe su corazón. Creen en Dios: y crean también mí.

2 En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar.

3 Y cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para

llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. 4 Y a donde voy saben el camino.

5 Le dice Tomás: «Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?».

6 Le dice Jesús: «Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí. 7 Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto».

8 Le dice Felipe: «Señor, enséñanos al Padre y nos basta».

9 Le responde Jesús: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con

ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? 10 ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras. 11 Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras. 12 Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre» 

Re-leamos el texto para interiorizarlo

 Contexto: Jn. 13 – 14 = Discursos de despedida

 Empezamos a leer los capítulos que Juan dedica a la Ultima Cena de Jesús con los suyos. Hoy escuchamos unas revelaciones de Jesús sobre su relación con el Padre:

«quien me ve a mí, ha visto al Padre», «yo estoy en el Padre y el Padre en mí». De alguna manera anuncia ya su Ascensión: «yo me voy al Padre… voy a prepararles un lugar». Pero la afirmación central es «yo soy el camino y la verdad y la vida».

La escena se desarrolla en un contexto alarmante y duro: Jesús anuncia primero la traición de Judas (Jn. 13,21-30) y luego la negación de Pedro (Jn. 13,38). Jesús pronuncia estás palabras de consuelo, pese a que está conmovido por la realidad dolorosa de la traición y negación de los suyos. Además, a la traición y la negación, se añade la incomprensión: a Jesús no le comprenden ni Tomás ni Felipe. Sin embargo, en medio de ese ambiente desolador, Jesús plantea a  los  discípulos  todo  un reto:

«Creen en Dios, crean también mí». Aunque todo les parezca oscuro e incierto a los discípulos, Jesús les ofrece un doble apoyo en el Padre y en Él. En ese contexto de despedida, donde se registra la traición, la negación, la incomprensión y el abandono, Jesús no rompe la vinculación con sus discípulos. El texto con el que Jesús responde a Felipe continúa hasta el v. 21. Después intervendrá el otro Judas y la respuesta   de   Jesús ocupará   todo el resto   del capítulo 14, que   termina   con un

«Levántense, vámonos de aquí» (Jn. 14,31b).

También en la carta de Pedro nos encontramos con otra gran convicción teológica y pastoral: la Comunidad Cristiana es un pueblo sacerdotal, un templo vivo en el Espíritu. Y la página de los Hechos nos presentó otro factor importante en este

crecimiento pascual de la Comunidad: los ministros ordenados.

Las tres realidades básicas: Cristo, la Iglesia, Comunidad sacerdotal y los Ministros de la Comunidad, son elementos que nos ayudan a vivir gozosamente la Pascua.

b)  Texto:

Podemos estructurar en 3 partes el texto del evangelio:

-> vv. 1-4: una introducción: que presenta el tema principal del evangelio:  creer en Dios Padre y en Jesús. En ella aparece dos veces «yo/me voy»” (vv. 2.4), que hace inclusión con el «yo voy» del v. 12.

-> vv. 5-11: La parte central está enmarcada por la introducción y la conclusión. Estamos en el discurso de despedida de Jesús y ese «irse» hace de marco a este núcleo textual.

Este núcleo central puede dividirse, a su vez, en dos partes:

  • vv. 5-7: la intervención de Tomás y respuesta de Jesús, en clave de incomprensión («ya conocen» dice Jesús; «no sabemos» dice Tomás);
  • vv. 8-11: la intervención de Felipe y respuesta de Jesús, en la misma clave de incomprensión («conocer» vs. «no conocer»).

->    v. 12: «Conclusión» del texto.

c)  Comentario:

v. 1:

El día antes de su pasión y muerte Jesús, dentro de una cena de despedida, dirige a sus discípulos un largo «discurso de adioses». Les habla de la necesidad de que él se vaya de nuevo al seno del Padre, de que el Espíritu venga sobre ellos y los invada con su poder, de cómo debe ser la vida de ellos luego de su partida y hasta su regreso.

La actitud discipular fundante: la fe. En este contexto, como en general en el NT, fe es

confianza radical en Jesús y en Dios Padre.

vv. 2-4:

 El vínculo establecido entre «la casa de mi Padre» y la partida de Jesús para preparar un «lugar», comunica a los discípulos la existencia de una morada vivificante y permanente entre las muchas moradas. La partida de Jesús no debería ser causa de tristeza, sino de bienestar y confianza (v. 1). Él se va para prepararles la posibilidad universal y permanente de una comunión perdurable con su Padre (v. 2).

Jesús indica con claridad su don y su tarea: preparar un sitio en la Casa del Padre para llevar a cada discípulo y a todos ellos a dichas estancias. No nos deja de la mano; al revés, estamos en las suyas. ¿Es nuestra fe en Jesús y en Dios un entregarnos confiadamente a ellos?

Su misión no podía terminar con la muerte. Sería el máximo fracaso y la mayor frustración del hombre y de Dios mismo. La derrota del plan salvador de Dios. Es el momento de la fe que excluye el temor. Miedo y fe en el seguimiento de Cristo son incompatibles. Una fe que es entrega decidida y total a Cristo y por Cristo al Padre.

Sirviéndose de una imagen plástica Jesús asegura a sus discípulos, y en ellos a toda la humanidad, que en el interior de Dios hay acogida amorosa y paternal para todos. La vida cristiana es una marcha siempre hacia delante, sin retroceso, hacia ese fin. Como toda marcha se supone un camino seguro.

Estas afirmaciones de Jesús son tanto más sorprendentes cuanto que apenas ha anunciado la traición de Judas, la negación de Pedro; y vamos a comprobar la incomprensión de Tomás y Felipe…; pero es a ese grupo de discípulos precisamente al que se les promete la vida en Comunidad con Dios. La bondad de Jesús sobrepasa cualquier límite… y ¿la nuestra?

vv. 5-6a:

 La ignorancia de Tomás («No sabemos a dónde vas») permite a Jesús realizar otra afirmación extraordinaria, del gusto del evangelista Juan (los dichos «Yo-soy», que ya aparecían el Domingo pasado: «Yo soy la puerta», «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Esta clara identidad nos habla de la grandeza de Jesús, que aparece con el

«nombre» de Dios en el AT («Yo soy el que soy»). El que sabe lo que es tiene fuerza para afrontar la vida: Jesús nos enseña que la fuerza está en saber lo que uno es. Cuanto más nos acercamos a Jesús, más se configura nuestra propia identidad y mejor nos capacita para vivir cabalmente.

A la pregunta espontánea del apóstol Tomás sobre el destino del viaje anunciado por Jesús y por el camino que hay que seguir Jesús deja esa frase que ilumina toda la vida cristiana: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Su ser divino se ofrece al hombre como una garantía infinita y nos motiva la razón de ser de nuestra fe y de nuestra alegría.

Si el Domingo pasado Jesús se presentaba a sí mismo como el Pastor y como la Puerta, hoy hace tres afirmaciones a cuál más expresivas de su identidad:

  1. «yo soy el Camino»: si él es la Puerta de acceso a Dios, hoy emplea una comparación semejante, la del camino;
  2. «yo soy la Verdad»: no sólo es el Maestro o Profeta enviado por Dios, sino que él «es» la Verdad misma, la Palabra viviente que Dios dirige a la humanidad de una vez para siempre…

La verdad en la Biblia es Dios mismo. Es su ser, su plan salvador, su proyecto sobre el hombre y el mundo. El secreto de la vida es descubrirlo y establecer con él y con su plan salvador una relación de afecto y obediencia que dé plena seguridad a la vida. La verdad no es un concepto sino, finalmente, la misma persona del Señor Jesús. Él dice: «Yo soy la verdad». En él, en su persona, se realiza la verdad de Dios, la fidelidad divina a la obra salvadora.

  1. «yo soy la Vida»: no sólo resucita muertos y cura enfermos: él «es» la Vida misma. La «vida» de que habla Cristo, no es esta experiencia que hacemos en el tiempo, siempre amenazada e insatisfecha, sino la vida de Dios. Él es «el Viviente», el que es voluntariamente ha querido hacerse fuente de vida por participación. Es la vida que desafía y supera la muerte y que es plenitud. Es oportuno que cuando Cristo se encamina a la muerte y puede traer a sus discípulos el desconcierto y la desesperanza él les diga: «Yo soy la vida». Con él no podemos esperar muerte y frustración, sino vida perdurable. Jesús nos dice, en definitiva: «Yo soy el camino porque soy la verdad y también la vida».

Difícilmente se puede expresar mejor que Cristo Jesús es el centro para nuestras vidas.

v. 6b:

El término de este camino, nos dice Jesús, es el Padre. Nadie va a él sino por mí.

v. 7:

Esta vez es Felipe el que pide ver al Padre. Lo desea como la plena satisfacción. La respuesta del Señor, que revelaría desencanto después de lo vivido, nos permite identificarlo más y más: «El que me ha visto ha visto al Padre». No vista pasajera sino mirada para siempre. Descubrir ese misterio es llegar a lo profundo de la vida cristiana. Benedicto XVI ha podido decir que «en Jesús vemos a Dios con rostro humano».

Conocer a Jesús es conocer al Padre (v. 7a), y partir de Jesús en adelante, todo el que conozca al Padre viendo a Jesús también ha visto al Padre (v. 7b). Desde la afirmación del prólogo (1,18), pasando por la defensa que hace Jesús de su actividad en sábado (5,19-30), hasta el resto de su ministerio (cf. 8,19.38.58; 10,30.38), se ha afirmado contundentemente que él era la presencia del Padre, no obstante, el creciente conflicto generado por ella (p. ej., 8,20; 10,31.39).

La afirmación de Jesús es una promesa, pues el uso del perfecto «Si me han conocido» indica un conocimiento ya logrado. En el v. 4, Jesús habló a los discípulos de las cosas que conocían, pero Tomás solicitó una clarificación ulterior (v. 6). Este mismo modelo se repite tras el v. 7.

v. 8:

La ignorancia de Felipe (“Muéstranos al Padre”) permite a Jesús aclarar su íntima relación con el Padre. El secreto de la fuerza y la audacia de Jesús es su comunión con el Padre: «estar en el Padre», «decir las palabras del Padre», «hacer las obras del Padre». En su ser, decir y hacer Jesús es reflejo nítido del Padre. ¿Cómo hacer nuestra esta experiencia de Jesús con el Padre?

Ellos han llegado a conocer a Jesús, y, por tanto, también conocen al Padre. Pero Felipe pide a Jesús que les mostrara al Padre para que ellos se sintieran satisfechos En Jn. 6,7, Felipe se maravilló de la capacidad de Jesús para satisfacer a la gran muchedumbre congregada junto al lago, y ahora, en Jn. 14,8, pide ver a Dios para que los discípulos se sintieran satisfechos.

v.   9:

En su respuesta, Jesús vuelve su mirada a todo el tiempo pasado con los discípulos. Conocer a Jesús es conocer al Padre, por lo que Felipe manifiesta una ignorancia exasperante al pedir a Jesús que le mostrara al Padre. El problema reside en la falta de fe de los discípulos.

v. 10:

Ellos han oído y se les ha enseñado el camino hacia el Padre (v. 6): Jesús está en el Padre y el Padre está en Jesús (cf. Jn. 10,38), pero ellos no han llegado a creer en esta unión (v. 10a). Con paciencia, pasando de la acusación a la enseñanza, Jesús repite las verdades comunicadas desde las primeras partes del relato: las palabras que él pronuncia son las palabras del Padre y las acciones de Jesús son las obras del Padre.

v. 11:

Este final de la sección central concluye con una llamada de atención a los discípulos increyentes. La fe es fundamental (v. 11; cf. v. 1). Hay que creer que Jesús está en el Padre y que el Padre está en él. Las obras que Jesús hace brotan de esta unión y la dan a conocer. Si los discípulos quieren comprometerse en una fe salvífica en la unión entre Jesús y el Padre, para ver así al Padre (cf. vv. 8-9), tendrían que mirar hacia el lugar donde puede contemplarse esta unidad: en las obras de Jesús.

v. 12:

Creer y hacer las obras del Padre (vv. 12-14): La referencia a «las obras» en el v. 11 conduce al v. 12, donde el tema de las «obras» y la utilización del doble «amén» continúan con lo dicho anteriormente llevándolo a una cierta conclusión. La fe en Jesús capacitará al creyente para hacer las obras de Jesús e incluso potenciarlas aún más (v. 12ab). El tema fundamental de la partida de Jesús hace posible el aumento en grandeza de las obras del creyente (v. 12c).

  1. MEDITACIÓN: ¿QUÉ NOS DICE LA PALABRA?         

Camino, verdad y vida

El camino sin el caminante no existe y es inútil. Que el camino único, sin rival posible, para el gran viaje de la vida, sea una persona encierra un misterio insondable. Lo entenderíamos pobremente si lo hacemos coincidir simplemente con la vida moral. El camino sería solo una norma de conducta. Lo que Dios ofrece es mucho más. Es su misma persona para ser asimilada en la limitación humana. La única manera de llegar al Padre, destino final y felicidad perpetua, es identificarse con Cristo, Dios encarnado.

La verdad y la vida son inseparables del camino. Jesús quiere decir Yo soy el camino que conduce a la verdad y a la vida. O también Yo soy el camino verdadero para llegar a la vida. Y también: Yo soy el camino porque soy la verdad y la vida.

 ¿Qué se encierra en la verdad y la vida? Cuando hablamos de la verdad tenemos la tentación de quedarnos en el dominio de la filosofía, en la búsqueda nunca acabada del ser oculto de las cosas. Compromiso frío e impersonal que no afecta la vida del que inquiere. Esa verdad que Pilatos quería conocer, tan poco comprometido que no esperó la respuesta.

Iglesia: Una Comunidad sacerdotal

La Comunidad Cristiana, la que cree en Cristo Jesús y se ha reunido en torno a él, es un Pueblo sacerdotal, o sea, mediador, evangelizador, misionero, constructor de un mundo nuevo.

Precisamente en este tiempo de Pascua en que muchos reciben el Bautismo, y otros participan por primera vez plenamente de la mesa eucarística de la Comunidad, o reciben el Sacramento del don del Espíritu, la Confirmación, es bueno recordar que la Comunidad del Señor se les debe presentar a ellos -a las generaciones jóvenes- como una Comunidad viva, llena de fe, sacerdotal, animada por el Espíritu, que canta alabanzas a Dios y participa de los sacramentos, pero que también da testimonio de su fe en la vida.

Es una Comunidad creyente, celebrante y misionera. A la vez que es una Comunidad siempre en construcción, y, en esa construcción, todos nosotros somos

«piedras vivas» de ese edificio que es la Iglesia de Dios, basada en la piedra angular que es Cristo, y animada por los ministros ordenados. Ojalá pudiera decir la Comunidad cristiana lo que dijo de sí Jesús: «el que me ve a mí, ha visto al Padre».

Cuando surgen las tensiones

Por buena que sea una Comunidad, no es nada extraño que en su vida haya momentos de tensión. Tenemos que ver las cosas con los pies en el suelo. Pascua es fiesta, pero también tarea, camino, misión, lucha.

A lo largo de la historia van apareciendo continuamente situaciones nuevas, y ya desde muy pronto, como vemos. A veces es por el número creciente de los cristianos, o por el carácter heterogéneo de la composición de sus grupos, o por las tensiones que se crean desde dentro, además de las persecuciones externas.

Hoy, la venida de numerosos inmigrantes de otras regiones del propio país o de otras naciones más o menos lejanas y diferentes en lengua, cultura y religión, hace que la convivencia, incluso dentro de la Comunidad cristiana, sea más complicada que antes. Todos compartimos la misma fe, pero pueden surgir problemas de sensibilidad no pequeños. En todas partes hay el peligro de la discriminación, por motivos de edad o lengua, de formación o procedencia, entre jóvenes y mayores, hombres y mujeres, religiosos y laicos, nativos e inmigrantes.

La Palabra de hoy nos interpela. No hay que asustarse por la existencia de problemas, pero hay que saber resolverlos. Las tensiones que surgen no se resuelven ignorándolas, o adoptando posturas crispadas, sino dialogando.

También en el ámbito eclesial tiene que funcionar lo de que «los hombres hablando se entienden». También entre nosotros, si adoptamos un talante de tolerancia y de diálogo constructivo, sucederá como en la Comunidad primera: «la Palabra de Dios iba cundiendo y crecía el número de discípulos».

La unidad fraterna es la que posibilita el trabajo misionero. El signo que hace más creíble lo que se predica, es la caridad: la caridad hacia dentro y hacia fuera.

En nuestras Comunidades Cristianas hay también otros ministerios o servicios que no requieren necesariamente el sacramento del Orden, sino que los realizan los laicos: los catequistas, los educadores, los padres de familia, los encargados de la pastoral de los enfermos, de los ancianos o de los niños, los que animan las iniciativas de caridad y las celebraciones litúrgicas de la Comunidad…

  1. ORACIÓN: ¿QUÉ LE DECIMOS NOSOTROS A DIOS?

Señor y Hermano nuestro Jesús,

Tú dirigiste palabras inefables a tus discípulos en tu última cena.

Gracias por habernos mostrado

a tu propio Padre como «Padre nuestro»  y por habernos regalado tu propia oración, la oración que sólo Tú podías pronunciar.

Concédenos orar a Dios

con la misma confianza que Tú tenías en Él, y «muéstranos al Padre»,

revélanos su rostro y su corazón,

para vivir, en medio del dolor y angustia, causados por la pandemia del coronavirus, confiados en Él,

como un niño en brazos de su Padre.

Y haz que todos nosotros expresemos con nuestras palabras y nuestras obras que te seguimos

porque eres para nosotros

«camino, verdad y vida». Amén.

  1. CONTEMPLACIÓN – ACCIÓN: ¿A QUÉ NOS COMPROMETE LA PALABRA?

Jesús   en   el   Evangelio   de    hoy   se    ofrece    como    la   solución   a   nuestras preocupaciones.

Nos dice que Él es «el camino, la verdad y la vida»: ¡todo lo que nosotros necesitamos y buscamos! Todos los aspectos que las lecturas de hoy nos proponen parecen como resumidos y fotografiados en nuestra celebración eucarística.

En ella es donde mejor se experimenta que el Resucitado sigue presente para nosotros como Maestro y Alimento. En ella se ve a la Comunidad reunida, Comunidad sacerdotal, abierta a la Palabra, que alaba a Dios, intercede por todo el mundo y participa en la Mesa eucarística que le da fuerza para su vida de testimonio.

También se ve el papel de los ministros ordenados, miembros de esa misma Comunidad, con el ministerio adicional de ayudar a los demás, de dirigir su oración y su vida, como signos visibles de Cristo Buen Pastor. Y los ministerios de otras personas que ayudan, como lectores, cantores, monitores, sacristanes, etc., a que la Comunidad cristiana pueda celebrar mejor la Eucaristía. Y así pueda decirse en verdad que «la Iglesia vive de la Eucaristía».

Algunas preguntas para meditar durante la semana:

  1. ¿Valoro el conocimiento de la verdad en las cuestiones esenciales de la vida?
  2. ¿Valoro los sacramentos como fuente de vida y fuerza de Dios?
  3. ¿Podría atreverse a afirmar nuestra Comunidad Cristiana: «el que me ve a mí, ha visto a Cristo»?

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